A 10 años de “The Eraser”: el imborrable debut solista de Thom Yorke

Si bien Thom Yorke venía arrastrando la idea de un álbum solista desde la época del “Kid A”, fue en el descanso que Radiohead se dio post “Hail to the thief” (2003) que él y Nigel Godrich (productor de la banda desde “Ok Computer”) se pusieron a trabajar en “The Eraser”. Fueron siete semanas de separar paja de trigo y escoger entre samples radioheadeanos de diversa antigüedad, darles una coherencia similar a la de una canción, y armar letras desde un caos de papeles acumulados en una pieza en la casa de Yorke. El resultado se publicó hoy hace exactos diez años.

Según el vocalista ha explicado en diversas entrevistas, “The Eraser” es un álbum hecho de forma aislada para ser escuchado de igual manera, como una comunicación de búnker a búnker (o de par de audífonos a ídem).

Destacando temprano como un artista que trata lo político desde lo personal, en “The Eraser” Yorke habla tanto de conspiraciones gubernamentales (“Harrowdown hill”) como de obsesiones sentimentales (“Skip divided”), pero con el tema del cambio climático y el papel que los individuos juegan frente a procesos más grandes que ellos (véase “Analyse”) como columna vertebral.

El artwork de Stanley Donwood así lo acusa también: el hombrecillo que –mesiánico como Moisés o ridículo como el rey Canute– intenta parar una inundación en Londres, refleja tanto la futilidad de la acción cuando es individual en vez de grupal, y los aires de grandeza con que los líderes mundiales se abanican hasta ganar la creencia miope de que las crisis sociales (sean calentamiento global, refugiados, etc.) se pueden tapar con un dedo hasta que termine el período presidencial, sin que haya daño a largo plazo.

Hacia esta última idea apuntaba Yorke al describir los conceptos del álbum hace 10 años. “Hay tremendos elefantes en la habitación ahora mismo en Occidente, y la gente [en el poder] está tratando desesperadamente de borrarlos de la conciencia pública”, explicó en 2006 a The Globe and Mail refiriéndose a las habituales causas ambientalistas y a temas como la guerra en Irak.

Filtrado en internet el último día de mayo de 2006, “The Eraser” se publicó oficialmente el 10 de julio de ese año en el Reino Unido y al día siguiente en Norteamérica. “Se filtró desde la fábrica de discos, lo que es bien estúpido”, le dijo Yorke al respecto a Paste Magazine ese año. “Creo que lo que deberíamos haber hecho es subirlo como descarga antes [del lanzamiento físico]”, se lamentaba en la ocasión el vocalista, quizás evidenciando el germen del método de lanzamiento que ocuparía para discos venideros.

Si bien la prensa en general lo recibió positivamente, elogiando lo directo de su mensaje melódico y lírico, en contraste Pitchfork lo encontró algo aburrido y la NME dijo que era frío y poco visceral. Con el tiempo, los sonidos electrónicos y las estructuras poco convencionales se han vuelto -por así decirlo- comunes, y si “The Eraser” saliera hoy probablemente sería mejor comprendido pero también sería menos brillante, también dado el contexto musical.

Si bien en las primeras escuchas puede parecer poco amigable o difícil de abarcar, con el tiempo -y especialmente después de conocer las versiones en vivo– se descubre el espíritu pop que habita en el álbum. La obsesión por generar un caos controlado por computadora de Yorke distrae el foco de su voz, que -igual que en el similarmente incomprendido “The King of Limbs”– las hace de faro melódico en la aturdidora tormenta eléctrica que puede parecer la instrumentación en un comienzo.

“The Eraser” es un disco importante, no sólo porque expandió el universo de Yorke (animándolo a crear Atoms for Peace junto a Godrich y a colaborar con artistas como Modeselektor o Four Tet), sino que principalmente porque entregó un puñado de canciones que han resistido los años con más que buena salud y que parecen tener vitalidad para rato. En realidad, nada es más importante que eso.

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