Mac DeMarco en Chile: Humor absurdo, nostalgia indie y romance lo-fi

Necesitábamos una noche así: guitarras suaves, humor absurdo y un público dispuesto a cantar como si el calendario se hubiese quedado pegado en la era dorada del indie. El retorno del canadiense de culto no sólo marcó su reencuentro con el país tras varios años, también confirmó que está súper vivo en el cora de los chilenos. Dos fechas consecutivas, expectativa alta y un recinto que desde temprano se llenó de estilo.

A las 21:00 en punto apareció en escena sin mayor ceremonia, fiel a su estética despreocupada. Nada de dramatismo: DeMarco entró como si llegara a tocar a la casa de un amigo, y bastaron solo un par de acordes para que el recinto entrara en sincronía y el público empezara a cantar, reír y celebrar cada gesto.

El relato de la noche avanzó entre canciones cálidas y un humor que rozaba lo absurdo. DeMarco improvisó voces y ruidos de “monstruo”, bromas sin demasiado sentido y movimientos físicos inesperados que provocaron carcajadas. En uno de los momentos más comentados, se lanzó a hacer una invertida sobre el escenario. Esa espontaneidad terminó de borrar cualquier barrera entre artista y la gente.

El repertorio funcionó como un repaso amplio por distintas etapas de su carrera, una mezcla equilibrada entre material más reciente y clásicos que el público recibió como himnos. La banda sonó relajada pero precisa, con arreglos simples y ese tono lo-fi que caracteriza su propuesta. En varios pasajes, el músico aprovechó de interactuar directamente con la audiencia, pidiendo palmas, respondiendo gritos e incluso extendiendo algunos momentos más allá de lo habitual, reforzando el carácter impredecible del concierto.

El Caupolicán estalló cuando llegaron los hits más reconocibles. Freaking Out the Neighborhood desató saltos generalizados y un pogo indie desordenado y feliz. Chamber of Reflection transformó el recinto en un coro colectivo, con una atmósfera más contemplativa pero igual de intensa.

Hacia el final, My Kind of Woman se convirtió en una despedida emocional antes de tiempo y en una escena casi cinematográfica. Brazos arriba, gente abrazándose y celulares capturando un momento que parecía suspendido. La hora y media de concierto pasó volando.

También hubo espacio para improvisaciones y pequeños guiños, incluyendo fragmentos extendidos y transiciones juguetonas que mantuvieron el clima distendido durante toda la presentación. La relación con el público fue constante: cada broma encontraba respuesta inmediata y cada pausa era rellenada con gritos de cariño.

 Sin grandes artificios visuales ni producción excesiva, el peso del show recayó en las canciones y en la personalidad del artista. El resultado fue una noche de caos emotivo y genuino.

Más que un espectáculo perfectamente armado, lo que se vivió fue una experiencia cercana, casi doméstica, pero en formato masivo. Mac DeMarco no vino a impresionar con grandilocuencia. Vino a compartir su universo raro y cálido; y Santiago respondió como se responde a alguien querido: cantando todo, riéndose de cada tontera y disfrutando cada momento.

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