En las reuniones familiares siempre se trata de llenar los silencios con risas, revivir las mismas anécdotas y atesorar los nuevos recuerdos que se van creando. Esta vez, la reunión no se realizó en cualquier casa, ni necesariamente se celebraba algo. Solo era la bienvenida de algunos de los nuestros, a quienes no veíamos hace tiempo.
En el Teatro Biobío, la lluvia corría por el iluminado techo, los niños corrían entre las butacas, los más mayores saludaban a caras conocidas y los más ancianos aprendían de forma exprés a utilizar sus celulares para grabar lo que, para la familia penquista, era un día más de reencuentro histórico.
Una de las encargadas de abrir el show fue la oriunda de Talcahuano, Rocío Peña, quien, junto a su guitarra y su ukelele, se sumó a esta estética acústica interpretando con emoción y ternura sus canciones a capella.
Aunque, los Unplugged suelen caracterizarse por su simpleza -de no tener más de cuatro a cinco instrumentos-, esto no calza del todo con el estilo, ni el perfeccionismo del quinteto. Aquí se incluyeron charangos, violines, zampoñas y más.
Con el telón abajo, la introducción de la “Charagua” de Víctor Jara en zampoña agitó los corazones, abriendo el paso a una canción inolvidable: “No me hables de sufrir”. Siguiéndole a eso veinticuatro canciones y dos horas de entrega que hicieron bailar, sorprender y lagrimear al público.
Dentro de las sorpresas estuvo la presencia, entre los asistentes, de quien fue el profesor de música de la banda en su época escolar en el Colegio Salesiano, a quien desde el escenario le mandaron un saludo fraterno.
Los tonos amarillos y cafés, la diversidad de texturas y el reflejo de las luces sobre los instrumentos, dominaron el escenario, en sintonía con el característico estilo de Álvaro López y el dinamismo de los hermanos Durán, quienes, entre chistes y complicidades nos hicieron sentir parte de una broma íntima, de un secreto que solo en Conce se sabe.
Los Bunkers ofrecieron un espectáculo que fue un honor presenciar, una experiencia que fue mucho más que un MTV Unplugged. Elevaron la voz de los penquistas en alto y no decepcionaron.
Finalmente, cuando las luces comenzaron a apagarse, no hubo un brindis oficial, ni silencios incómodos, simplemente bastó con estar presentes y quedarse con la promesa al vacío de volver a reunirnos.