Tres meses pasaron para que Niños del Cerro volviera a encontrarse con su público santiaguino. El regreso fue con todas las de la ley: una noche junto a los siempre bien ponderados Scott y Los Pelmazos en el Club Chocolate.
El show comenzó puntual a las 20:00 con la presentación de Scotty. La apertura tuvo un aire digital, marcada por el autotune, coros pegajosos y cajas de ritmo que poco a poco fueron ganando fuerza. El sonido crecía en intensidad y energía sobre el escenario. “Estamos locos, pero no tanto”, soltó Pelmazo Sad, mientras agradecía por la invitación.

El set de la banda de hip hop alternativo incluyó temas como “Santa Inés”, “Rema”, “Demo 02” y “Vv”. Uno de los momentos más vibrantes llegó con “Untitled 05”, cuando Renato Olivares (Hesse Kassel) se sumó para un dúo de saxofón. Desde ahí, el show despegó aún más. El broche final fue “Solange”, coreada por un grupo de amigos que subió al escenario entre abrazos, risas y un aire de complicidad difícil de fingir.
La presentación dejó la clara sensación de que Scott y Los Pelmazos construyen un espacio donde se respira cariño, pertenencia y comunidad. En tiempos dominados por la estética envasada, ese sentido genuino de familia y amistad lleva su propuesta musical a otro nivel.

Ya pasadas las 22:00, Niños del Cerro apareció sobre el escenario con la sencillez que los caracteriza. Simón, Bondie, Pepe, Nacho y Diego abrieron con dos canciones del ya clásico Nonato Coo: “La Pajarería” y “Viste las Palabras”. Bastaron esos primeros acordes para levantar al público, que exigía quitar las mesas del sector frontal. La petición fue atendida de forma algo desprolija, pero efectiva: se despejó el espacio y el show continuó como debía, con saltos, movimiento y euforia.
El repertorio fue extenso y generoso. Cada canción sonó fresca, con sentido, como si el paso del tiempo no hiciera mella en su capacidad de conmover. “Las Distancias”, “Contigo” y “Flores, labios, dedos” —esta última protagonista de un intenso moshpit— dieron vida al aclamado Lance. No faltó “Durmiendo en el parque”, infaltable del Cuauhtémoc, ni tampoco una buena muestra de su último trabajo, Suave Pendiente: “Sulamita”, “Povidona”, “Miel”, “Tentempié” y “Esta Enorme Distancia” tejieron una narrativa que unió el pasado, el presente y el futuro de la banda.

Sin aspavientos, las nuevas canciones muestran una madurez coherente con la evolución del grupo. No hay poses ni pretensiones, sólo el afán de representar un sentir profundamente ligado a este frío, largo y angosto pedazo de tierra. Coros memorables, ritmos pegajosos, protagónicas teclas de Diego y una conexión honesta con su audiencia. Niños del Cerro no busca reafirmar nada, simplemente siguen su lógica: recoger los sentires de este lugar y llevarlos a música que conecte con nosotros mismos.
A solo una semana del estreno de “Tembló”, el primer adelanto de su próximo disco (que verá la luz en octubre), el público ya la cantaba como si fuera parte del repertorio de siempre: “Tembló recién, no sé si escuchaste”, coreaban. Le preguntamos a Simón qué significa para él esa conexión inmediata del público con sus canciones.

“Es una canción sencilla, de dos minutos. Pero bacán saber que en una semana la gente la cante y hayan asimilado la letra tan rápido“, señaló Simón Campusano a La Rata después del show.
El cierre no defraudó. Más saltos, más moshpit. El encore trajo de vuelta la intensidad con “Sísifo”, coronada por el grito final de Benje (Estoy Bien): “Un desierto aquí en mi boca”, cantó tomando el microfono con las dos manos. Acto seguido, los redobles de batería de Pepe marcaron el camino hacia “Mamiré”, que selló una noche de reencuentro, energía y sentido, mucho sentido.
