Lionel Richie en Claro Arena: romance sin clemencia

Por Diego Rojas

Lejanos parecen los 2000, cuando el Caupolicán con sus 5 mil butacas y los 15 mil del Arena Santiago o la Quinta Vergara marcaban el estándar. Hoy, la demanda por espacios de mediana y gran capacidad dejó de ser excepción para transformarse en urgencia: mientras el Bicentenario de La Florida o Santa Laura funcionan como parches, el recién reinaugurado Claro Arena —recinto histórico para mega artistas, reacondicionado tras cuatro años para mayor comodidad y un rol multifuncional— apuesta por un salto cualitativo, con un beta test de alto calibre: Lionel Richie.

Say Hello to the Hits es el nombre de la gira que devolvió a nuestro país a un ícono norteamericano de finales de siglo. Acá no hay medias tintas ni espacio para la duda: es un show de calibre internacional, clase A, ultra, híper, megaprobado. Con un setlist de 19 canciones, todas parte de la historia fundamental del pop de alto tráfico en las últimas tres décadas del siglo XX.

El show, marcado por la baja temperatura que cala más fuerte en el barrio alto, arrancó con media hora de retraso por un delay en el ingreso del público; un problema que San Carlos de Apoquindo aún no resuelve y que, con capacidad completa, puede convertirse en un verdadero cuello de botella (había 15 mil entradas disponibles para un aforo de 20 mil).

“Hello” fue el hit que abrió la ráfaga: balazos de escopeta recortada directo al pecho. Richie en modo Rambo ochentero, sin clemencia. El frío le pasó algo de cuenta a la voz, natural en un hombre de 76 años que, igual, se ve mejor de lo que yo puedo aspirar a verme a los 30.

Las pantallas de alta definición chocaban con gráficas kitsch de paisajes frutiger-aero, sacadas de Windows XP, pero el show no se sintió kitsch; al contrario, se sintió vigente, incluso familiar. En la audiencia no solo había mayores de 60, también adultos jóvenes y algún que otro adolescente. Algo que habla muy bien del envejecimiento del hombre de Alabama.

El romanticismo de las baladas pop de principios de los 80 se intercalaba con el funk Motown en secciones dedicadas a The Commodores, aportando ritmo. El equilibrio en sustancia lo daba una banda digna del mejor casino de Las Vegas —y lo digo en el mejor sentido—: sonido pulcro, sin margen de error.

La dimensión más anecdótica llegó con sus historias junto a Diana Ross, Michael Jackson y Arnold Schwarzenegger. Realmente se sintió como una residencia en la ciudad de las luces, y en eso la arquitectura del nuevo estadio sumó puntos. Y es que, precisamente, el recinto se siente como un albergue para este tipo de shows “senior” o +35; olvídense de ver acá públicos masivos cercanos a lo urbano o, inclusive, al rock de alto octanaje.

Richie es un imperdible, que le ganó al frío y, a punta de romanticismo, hizo al corazón bombear sangre para movilizar cada parte de los cuerpos entumidos del Claro Arena. Un buen show de reapertura, que entrega dirección, pero también pautas para el nuevo recinto cordillerano.

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