Por Diego Rojas
Buenos Aires, viernes 12 de septiembre de 2025, Villa Crespo. Aún no es primavera, pero el aire es cálido, la temperatura bordea los 23 grados. Hoy es una noche diferente en la ciudad de la furia; hoy regresa a Latinoamérica, probablemente por última vez, el padrino del punk, el responsable del stage dive, la Iguana: Iggy Pop.

Con un tour que sorprende por su vigencia, energía y un setlist afilado, Iggy Pop regresó a Latinoamérica a sus 78 años con paradas reducidas en Argentina y Brasil. Además, con una renovada popularidad entre públicos jóvenes, impulsada por Superman y una vieja colaboración con los Teddybears que volvió a trepar listas gracias al cine. Una fórmula conocida, como ya ocurrió en el ‘96 con Trainspotting.
No cuesta entender por qué la Iguana pasó de largo países como Perú, Colombia o Chile. Los números ya no lo acompañan como en 2016, cuando debutó en el Movistar Arena de Santiago con la gira Post Pop Depression —sin agotar entradas— junto a The Libertines y Ana Tijoux. Y, sobre todo, porque desde 2023 viene arrastrando un itinerario brutal, dedicado en gran parte a revivir la era Stooges: conciertos de alto voltaje que desgastarían a cualquiera. Para Iggy, que carga 78 años y una displasia de cadera, es un trabajo demoledor. Y aun así, no afecta su desempeño en el plató en ningún aspecto, configurándose como el gran último embajador del proto-punk setentero.
A las 19 horas abrieron las puertas del recinto en Villa Crespo, junto al Parque Los Andes. La peregrinación empezó media hora antes, cerca del metro: punks ya retirados a la vida familiar y de oficina se tocaban el pelo —corto o directamente inexistente— con el nerviosismo de la nostalgia peligrosa. Chaquetas de cuero de todos los cortes sobre camisas blancas o poleras negras de marca, una declaración de principios. Para ellos, la fecha pesa: reuniones con amigos de juventud, selfies, miradas que mezclan vergüenza ajena y envidia hacia “los otros cincuentones”, que todavía lucen su pelo al estilo Ramone, carreteados y estilando cerveza.
“Ellos no avanzaron, algunos creyeron que la joda era para toda la vida. Ya no somos pibes para andar al pedo”, me dice mi compañero de asiento en la galería cuando le pregunto por esos personajes curiosos.
Ya más cercano a las 20, aparecen Buenos Vampiros, una banda local interesante de corte post punk encargada de abrir la noche empieza a verse la otra mitad del público que agotó el Movistar Arena. Jóvenes de entre 20 y 30 años, abarrotados en la cancha frontal y trasera, de la misma forma que años atrás lo hicieron los viejos de antes. Inyectan adrenalina, volumen y actitud a un show, a un recital, que no se siente de época, ni mucho menos kitsch.
Libertango de Piazzolla antecede al ingreso del padrino del punk, una suerte de adelanto de que se trata de una “fecha distinta”. Esta es la capital sudamericana del rock.
Iggy ingresa avasallador, un bólido, haciendo mierda el pedestal del micrófono mientras interpreta “TV Eye”, en excelente estado físico y vocal. Una situación realmente shockeante para quienes sabemos que la edad merma las expectativas en las presentaciones de ciertas figuras, por más definitivas que sean.
El setlist tuvo 20 canciones, uno de los más largos del tour, y cada una parecía marcar un pulso distinto de la historia del punk y del propio Pop. Con selecciones de su trabajo con los Stooges y sus primeros discos solistas, aparece sorpresa en términos de repertorio con “Loose”, del Funhouse, segundo disco de la agrupación primigenia del punk.
Gaspar Benegas apareció en el escenario como un invitado inesperado, inyectando la energía de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda del Indio Solari.
Llegó “Louie Louie”, el himno que el FBI alguna vez creyó demasiado peligroso para los jóvenes, popularizado por los Kingsmen en el ’65 y luego adoptado por Pop en American Caesar como bandera del proto-punk. Allí estaba Iggy, 78 años encima, haciendo suya otra vez la provocación, recordándole al público que la historia del punk no se estudia: se vive.

La nota menos la dan las ausencias, particularmente de su discografía ochentera de tendencia pop. Es un show sin frenos, algo entendible, pero quizás aportaría dinamismo encontrarnos a ratos con ese Iggy más melancólico, romántico y menos desafiante.
Un show redondo, contundente; que se sostiene por sus canciones y en el principio fundamental de inmortalidad del punk como un género más espiritual que otra cosa. “Estoy viejito, pero no me quiero morir, no todavía. No sin tener más noches como fucking Buenos Aires”, sentencia el frontman con una sonrisa lagrimosa.
La cita se enriquece de la ciudad, porque Iggy es como la capital federal, donde la grandilocuencia convive con la miseria, el tango se mezcla con el rock de barrio, y como dijo Fito Páez se escucha a Andrés Calamaro y a Lou Reed. Aunque, a diferencia del rosarino, la Iguana tuvo claro por qué vino a parar al tercer mundo.