Slayer en Viña del Mar: Porque el infierno también tiene encore

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Despiertas temprano en la habitación de un hotel que da vista al mar. Estás en casa. A tu espalda el reloj de flores te indica la hora. Vuelves a Viña del Mar para realizar el último concierto con tu banda de toda la vida. Respiras el aire fresco mientras observas las gaviotas pasar.

Mientras cruzas el puente de Libertad, donde suelen colocarse los circos en verano, tus fanáticos comienzan a acercarse al recinto. Entre las calles aledañas se juntan varios piños, compran galletas, esperan a sus camaradas y beben el último sorbo de una cerveza camuflada en una bolsa. Había que sobrellevar el calor. En la entrada uno de tus fanáticos conversa amablemente con una guardia, mira su celular y se despide: “Disculpe, tengo que ir a ver a la banda de mi vida”.

A veces el destino escribe guiones precisos, aunque trágicos. Cerca de las cinco de la tarde un lamentable incendio forestal se desataba en Curauma, Valparaíso. Minutos después, el centro de la ciudad jardín se llenaba de cenizas y un calor sofocante. Parecía que las puertas del infierno no se cerraron aquella noche de domingo en La Florida junto a Pentagram, Kreator y Anthrax. Todavía quedaba el encore.

Tus fanáticos son fieles. A pesar de los casi treinta grados de temperatura, vestían con el uniforme de poleras negras, y algunos valientes con chaqueta de mezclilla. Otros vestían la camiseta de tu equipo favorito, el Everton. Tras escenario observabas sereno y alegre al son de los potentes riffs de Anthrax. Joey Belladonna y compañía, en una hora de show, armaron las primeras cabalgatas de mosh con éxitos como I am the Law e Indians.

Tras el último aplauso el sol se esconde. El ambiente abochornado persiste y observas que la fila para tomar agua se acrecenta. Hay que juntar fuerzas para el último encuentro. Tu compañero, el guitarrista Kerry King, te avisa que ya es hora de salir a escenario. Las cortinas que muestran parte de la escenografía de la banda se liberan. Las luces se vuelven azules. Hora de liberar el infierno.

Tu ansiedad por tocar era tal que el concierto partió minutos antes de lo pactado. Repentless es la primera canción que aparece en el setlist. Tus fans aplauden con fuerza y duplican su energía para hacer las primeras rondas. Garganta hay de sobra para continuar con los hits de tu banda, una de las que cuatro que forma parte del Big Four del thrash metal mundial. Las cuerdas junto a la batería de Paul Bostaph aceleraban al paso, como los jinetes del apocalipsis aceleran el paso de sus caballos.

No solo hay gente de tu edad alrededor, ves los rostros de niños y adolescentes que se asoman entre el polvo que se levanta. Siguen el ritmo incesante de World Painted Blood y War Ensemble con sus cabezas, en compañía de padres y madres que entonan los coros como cantos de guerra. Te tomas un tiempo, el silencio tras los aplausos se interrumpe con tus palabras: “¿Cómo están? I want to you have a good time. Quiero que pasen un buen tiempo, ok?”. Desatas las primeras risas junto con gritos de admiración.

La noche ya se instala, y junto a una iluminación que imita un santuario infernal, continúas repasando tus éxitos que forman parte de 38 años de trayectoria. Una bengala se enciende a lo lejos, da vueltas entre la ronda de fanáticos. Lucifer aplaude desde las tinieblas.

El público corea dando todo, como si fuese un concierto cualquiera, como si no fuera la despedida en tus tierras. Con una puesta en escena y fiato impecable, sigues con tu presentación hasta llegar a los éxitos que colocaron a tu banda dentro de lo más alto. South of Heaven y Raining Blood desatan el delirio y marcan el camino para cerrar con broche de oro. El canto ensordecedor invita a que los vecinos aledaños al Sporting Club se hagan parte de Angel of Death.

Las luces se encienden, los aplausos no paran mientras observas de un lado a otro a tu público. Te emocionas, tus fanáticos lloran contigo sacándose la máscara de rudeza que impregnan sus poleras. Agradeces, tomas una bandera chilena en el suelo y desde lo más profundo de tus entrañas gritas: “Viva Chile”, para repetirlo dos veces más con garra y corazón. Horas después te levantas en tu hotel para recibir homenajes. Tu sonrisa no se quita, a pesar de que en el Congreso una parlamentaria te quite el protagonismo, porque luego te regalarán la camiseta del equipo de tus amores. Tom Araya, embajador del infierno, dices adiós a la copia feliz del edén. 

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