"La maldición de Bly Manor": El acierto de una historia de fantasmas alejada de las fórmulas

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Es difícil para el terror cautivar a las audiencias en la actualidad. El uso de herramientas narrativas y técnicas similares, ha hecho inevitable que ya casi nada nos sorprenda. Y cuando llega alguien que se atreve a innovar, pasa algo desapercibido entre críticas y opiniones divididas.

Bajo estos antecedentes, son varias las producciones que entran con una sombra detrás incluso antes de estrenarse. Situación de la que no ha quedado exenta The Haunting of Bly Manor. Sin embargo, a su manera, se hace un lugar. Con menos sustos que The Haunting of Hill House, pero con horrores que demuestran una vastedad existente más allá de criaturas, demonios o fantasmas.

La premisa esta vez ocurre en 1987 en la imponente mansión de Bly en Inglaterra. Ahí llegará Danielle Clayton, una joven estadounidense que es contratada como institutriz de Flora y Miles Wingrave, dos hermanos que han sufrido más perdidas de las que un niño podría soportar.

A partir de esto, es cierto que la miniserie se toma su tiempo en arrancar del modo en el que se podría esperar. Los primeros episodios se caracterizan por ser bastante pausados, introduciendo a los personajes y sin develar más de lo necesario. Algo que sin ser demasiado positivo, tampoco es negativo, porque el guion encuentra el momento preciso en el cual explotar.

El instante en el que todas las piezas están ubicadas, es cuando el relato empieza a exprimir lo que tiene a su disposición. Precedido por un pequeño espacio de calma, la tormenta llega casi como una descarga eléctrica que desconcierta y duplica las preguntas; pero que a su vez es el punto de partida para que todo comience a tomar sentido.

El tema con Bly Manor es que en ningún momento llega a entregar dosis de miedo dentro de lo que puede considerarse “convencional”. Pero eso y venir antecedida de Hill House, son tal vez sus únicos pecados. Inconvenientes que desaparecen cuando se comprende por lo que realmente es.

¿Por qué ocupar una misma receta que quizás sí, comprará a un espectador a través de los mismos ingredientes, pero que rompe con la originalidad? 

En este sentido, Mike Flanagan sabe sacarle provecho a un drama que utiliza al terror como un niño ocupa una sabana de disfraz. Es un medio para un fin, pero lo realmente atemorizante es el mundo bajo esa túnica blanca, existente en la mente humana; y en Bly Manor, el principal de ellos es la conciencia que tenemos del tiempo.

Todo esta unido a esa línea eterna entre el pasado, el presente y el futuro. Desde cada una y uno de los personajes, quienes están atascados entre la pérdida, el dolor y la culpa; hasta el conflicto principal, que está atado a algo que sucedió en algún punto del tiempo, afectándolo durante siglos.

Así, sus “peros” se ven compensados por la ambición argumentativa en un ámbito emocional. El desarrollo está cubierto de angustia, pánico y ansiedad; aunque no exactamente por lo paranormal, sino por el peso que han cargado todas y todos los que se han visto involucrados con la maldición de aquella mansión y la tragedia que la envuelve.

No obstante, lo narrativo no es lo único a destacar, ya que la producción se ve muy apoyada por los demás aspectos que la componen. Partiendo por el reparto, que tiene al equipo técnico confiando otra vez en algunos nombres que fueron parte de Hill House:

Victoria Pedretti, Oliver Jackson-Cohen y Henry Thomas asumen tres de los protagónicos; mientras que Carla Gugino y Kate Siegel tienen papeles pequeños mas no irrelevantes. Grupo al que se sumaron Amelia Eve, T’Nia Miller, Ruhul Kohli y Tahira Sharif. Aunque los que más destacan son, sin duda, Amelie Bea Smith y Benjamin Evan Ainsworth, los pequeños hermanos Wingrave.

Por su parte, el aspecto cinematográfico juega con la época en la que está ambientada y es clave para la narrativa gótica que lleva impresa su estupenda estética visual. Lo que sumado al trabajo de Flanagan, quien utiliza de buena manera los espacios, ayudan a crear una constante sensación de inquietud y paranoia.

“- Dijiste que era una historia de fantasmas, pero no es así. Es una historia de amor.
– Bueno, es lo mismo, realmente”.

 

De esta manera, The Haunting of Bly Manor se establece como una apuesta diferente no solo dentro del catálogo de Netflix. Es una brisa de aire fresco a un género que ha ido alcanzado una nueva etapa de maduración hacia historias que, aunque no abandonan lo tradicional, se centran en las pugnas psicológicas del ser humano. Una arista que si bien no es nueva, está tomando masividad.

Para bien o para mal, sorprende, porque parte desde un lugar y poco a poco se traslada a otro de mayor amplitud, sin traicionarse a sí misma. No fue lo que se llegó a creer que sería, pero tuvo la capacidad de conformar su propia identidad hacia desdichas bastante reales dentro de lo ficcional.

La buena recepción que está obteniendo responde a la confianza que la plataforma está entregando a este tipo de contenidos. Así que no sería sorpresa si el trabajo con Mike Flanagan se transforma en un perfectamente espléndido fenómeno antológico de terror.

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