Lorde crea un confuso y controversial universo playero con "Solar Power"

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Cuando salió “Royals” por allá por el 2013, podíamos ver como una joven neozelandesa con una melena desordenada de 16 años hacía un himno para los adolescentes incomprendidos bajo una producción minimalista que marcaba la diferencia del resto de sus pares.

Sin duda desde ese momento el mundo sabía que Lorde no era una estrella pop cualquiera, de hecho no es una estrella pop y eso lo ha dejado bien claro con sus actitudes que solo la alejan del glamour y las luces como su ausencia en las redes sociales y sus retiros espirituales en medio de procesos creativos para grabar un nuevo disco, que normalmente lo hace en su natal de Nueva Zelanda, un país con apenas tres millones de habitantes, en donde Lorde se encierra en su naturaleza, esa misma en donde pandemia no ha causado grandes estragos como en otros lados gracias al trabajo de sus autoridades y donde sus solitarias playas han sido parte de la estética sonora y visual de lo que es su tercer disco: “Solar Power”.

Corriendo en la playa sin ropa interior, mostrando libertad y disfrute mientras su cuerpo semidesnudo tapa parte del sol como si fuera un eclipse mostrando una estética muy hippienta, la portada de “Solar Power” dice bastante de lo que es su contenido: guitarras que evocan los setentas, uno que otro riff psicodélico y sintetizadores tímidos que parecen estar ahí para hacer que el disco no suene tan vacío.

Un disco demasiado unidimensional que va desinflándose a pesar de que el material sea interesante, por ejemplo “The Path” es una opción brillante para abrir el disco, una guitarra acústica agresiva que se eleva con una batería marcada que termina por darle fuerza al tema, el primer single, el title track “Solar Power”, con tintes a “Freedom” de George Michael y “Movin’ On Up” de Primal Scream, la misteriosa y sorpresivamente lúdica “Fallen Fruit”, la balada acerca de la pérdida de su perro “Big Star”, la dosmilera “Mood Ring” y la trip-hopera y ad-hock con su título “Oceanic Feeling”.

A ratos el disco parece ser uno publicado por Nelly Furtado, Natalie Imbruglia o Natasha Bedignfield, curiosamente las tres cantantes de los dos mil que ya tuvieron su peak de fama y creatividad y que dejan a “Solar Power” con un sabor agridulce y confuso, no solo considerando la grandiosidad de sus trabajos anteriores, sino que también porque el potencial está, pero que no llega al apogeo que se espera al ver que el trabajo está involucrado con el nombre de Lorde.

En lo lírico, las letras de “Solar Power” van desde lo personal, íntimo, retrospectivo y melancólico, pero también sátiras rebuscadas hacia las chicas espirituales que hacen yoga y hablan de vibrar alto, generando una especie de universo que parece no cuajar del todo y que se ve forzado, pero que no quita que esta sea la mejor pluma de Lorde hasta la fecha, mostrando la incomprensión del ser humano consigo mismo y que representa muy bien lo que una persona que está en la segunda mitad de sus veintes debe sentir, que por coincidencia son los mismos que la han seguido desde su debut y que han crecido con su música y por ende se han identificado con el tópico de adolescente incomprendido y pretensioso que ofreció en “Pure Heroine” y con las penas intensas de un primer quiebre amoroso mostradas en “Melodrama”.

“Solar Power” es claramente el disco más controversial de Lorde y probablemente el que más tenga que demandar escuchas para poder apreciarlo, pero a la vez es en el que se le siente más auténtica y la consolida como una artista ecléctica que hace lo que quiere y que no busca repetir formulas, ni mucho menos satisfacer a sus fans o a la gente, sino que satisfacer a sus impulsos, inquietudes, ambiciones, modestias e instintos. Satisfacerse a sí misma…

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