Joker: el síntoma de una sociedad enferma

Joker

Joker (2019) parece ser una opción frente a la saturación de las carteleras con adaptaciones cinematográficas de los cómics de DC y Marvel. Esto sucede porque a pesar de venir de aquel mundo, la cinta no calza con los tópicos clásicos de las superproducciones llenas de epicidad heróica y CGI. El film de Todd Phillips se aleja del cánon superheróico para traernos una historia íntima acerca de un hombre enfermo y una sociedad igual de enferma.

Ambientada a principios de los 80, Joker es la historia de Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), un comediante fracasado que vive con su madre y que se encuentra aquejado de un trastorno neurológico. Arthur vive en una Ciudad Gótica devastada por la corrupción, la pobreza y la delincuencia, sin embargo, su sueño es diametralmente distinto a su realidad: lograr ser un cómico de stand-up y llevar risas al mundo. Sin embargo, Fleck lentamente colapsará al ser despedido de su trabajo, asesinar a tres hombres de negocios y ser ridiculizado en televisión, en el talk show de comedia que tanto admira. Estos episodios desencadenan su metamorfosis del miserable Arthur al sanguinario Joker.

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Con un Joaquin Phoenix soberbio, Joker explora esa relación tan compleja entre el individuo y la sociedad, de como las problemáticas personales de un ser son catalizadores de una situación general. Recurrentemente se hace alusión a la decadencia de Ciudad Gótica y las miradas expectantes sobre su destino. La enferma madre de Arthur pone sus esperanzas en el rico y exitoso candidato a la alcaldía Thomas Wayne, las masas empobrecidas protestan y son reprimidas, la televisión sigue el ritmo frenético de la alienación constante.

Estas ideas son llevadas a cabo mediante una ambientación cruenta. Ciudades sucias y grises, el smog, los tacos, las luces de neón. Joker puede ser definida como una “distopía retro”, una mirada un proceso histórico que engloba tanta desesperanza que hace que los personajes más brillantes del film parezcan fantasmas penando sus ilusiones.

Este telón de fondo sirve para desarrollar a Arthur, un personaje que se mueve dentro de la confrontación normalidad-anormalidad. El protagonista desea una vida tranquila pero el mundo le niega el acceso a esa añoranza debido a su condición psíquica. Así, la lucha diaria de Fleck se traduce en soportar las humillaciones en su trabajo, obsesionarse con su vecina y ser atendido por un servicio social en crisis. La película, en ese sentido, es visceral e intensa. La violencia se palpa en cada minuto, yendo más lejos que las escenas de asesinatos y golpizas (que escandalizaron a algunos); es un cuadro atroz de brutalidad estructural.

Sin embargo, a pesar de las excelentes actuaciones y gran despliegue técnico, Joker comete dos errores. El primero, es que a veces resulta ser demasiado literal y redundante. No es necesario dar tantas vueltas de manera tan obvia en la enfermedad mental de Arthur, es algo que ya se entiende a medida que la cinta avanza. El segundo, es la subtrama que conecta al Joker con la familia Wayne y el origen de Batman. Se nota algo forzado e irrelevante si lo comparamos con la enorme potencia que la historia ya ostenta. Además, es algo innecesario si está confirmado que la película no forma parte del universo cinematográfico de DC. Estos dos problemas son mínimos en todo caso, hacen algo de ruido pero no la vuelven menos disfrutable.

En conclusión, Joker es de lo mejor que ha salido este año. Viene a ser un revulsivo necesario para un cine de superhéroes que, aunque me encanta, se repite. De hecho, es tan interesante su propuesta que cuesta clasificarlo bajo aquella etiqueta.

Joker es un tributo al cine de los 70, a cintas como Taxi Driver y  La Naranja Mecánica, tomando aspectos sociales y personales para reflexionar en torno a como se desenvuelve un individuo en un mundo caótico y corrompido por la política de los triunfadores, los exitosos en este pomposo festival neoliberal que solo presta atención al miserable cuando este está para su humillante divertimento.

Sin embargo, el film toma esto con altura de miras y no victimiza al protagonista, sino que lo considera dentro de un entramado de locura mayor. Si bien, la sociedad hizo daño a Arthur, la película no justifica el accionar de este; incluso, todo el estallido social que ve en el Joker una suerte de “mesías” resulta ser azaroso y espontáneo. Todos somos portadores de aquella enfermedad llamada vida moderna, y a la vez, somos síntomas de un malestar sistémico.

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