Los dos papas: Dios, un argentino y un alemán

Los dos papas

Los temas religiosos son siempre complicados en el arte, por lo menos si revisamos la Historia del arte del siglo XX hasta la fecha. Es fácil detectar los fanatismos, los prejuicios y las sátiras en diferentes producciones. Desde la “prohibida” La última tentación de Cristo (1988), pasando por La pasión de Cristo (2004) hasta la ácida comedia de South Park; la religión es un tema controversial.

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Al saber de primera mano la premisa de Los dos papas (Netflix, 2019), esperaba que fuese hacia alguna de esas direcciones casi canónicas dentro del “género”. Sin embargo, el film dista de las convenciones establecidas para aquellos temas. No es una crítica mordaz ni una bonachona peli de Semana Santa, sino que emana complejidades y dilemas sin dejar de ser divertida y dinámica.

El filme sigue el proceso de renuncia al pontificado de un cansado (y hasta hastiado) Benedicto XVI y la elección del actual papa, Francisco. Explora los diálogos entre ambas figuras durante el proceso de “transición” del poder papal, en que ambos personajes se reúnen para divagar entorno a sus diferencias y exponer su humanidad.

La película es íntima, cercana. El naturalismo de la filmografía ayuda a encontrarnos con dos personajes que consideramos demasiado “cercanos a lo divino”, a conocerlos desde esa singularidad que es devorada por el personaje público. Si bien la fotografía y el uso de la iluminación (mayoritariamente exterior y natural) es agradable y apoya el desarrollo de los acontecimientos, el guión y las actuaciones son el motor de la obra. La interpretación de Ratzinger (Anthony Hopkins) y de Bergoglio (Jonathan Pryce) es convincente y atractiva. Es un verdadero gusto verlos, en especial en las escenas conjuntas, en que demuestran tener una química exquisita.

Hopkins y Pryce construyeron sus personajes con sumo cuidado desde lo psíquico (igualmente, como dato curioso, es inquietante lo mucho que Jonathan Pryce se parece a Francisco, enserio), resaltando su complejidad. Porque resulta que ambos son retratados desde dualidades “hombres de Dios – hombres políticos”; “individualidad – personaje público”. Incluso, los personajes en sí mismos representan un momento histórico de la Iglesia Católica marcado por la inflexión entre dos propuestas: tradición o progreso. Sin embargo, bajo esta premisa, no cae en la tentación de la fácil demonización de Ratzinger y el resaltar las virtudes de Francisco, ambos papas son mostrados como humanos con luces y sombras.

Las charlas entre Ratzinger y Bergoglio son casi terapéuticas para ambos. Los dos no siempre están de acuerdo en todo y  tienden a cuestionar las ideas y visiones del otro; no obstante, se acompañan en un proceso de sanación necesario para un hombre que renuncia al papado y otro que llega al cargo. Mediante flashbacks, se reconocen a sí mismos, reflexionan sus errores y aciertos; se perdonan y se permiten continuar.

La película es divertidamente honesta y gratificante. Hay escenas que resultan cómicas pero encierran algo más que un chiste para la audiencia. En ellas se puede notar el énfasis en hermanar a dos sujetos tan diferentes: al latinoamericano del europeo, al cura villero del teólogo, al hombre de acción del intelectual. Me permitiré un pequeño spoiler para finalizar. Hay una escena en que Bergoglio enseña a bailar tango a Ratzinger para luego terminar despidiéndose cariñosamente. El momento es graciosísimo, pero se rescata de este el emotivo abrazo de dos amigos muy diferentes entre sí que tuvieron la dicha (y la desdicha, por qué no) de ser los líderes de miles de millones de creyentes.

 

 

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