Escribo estas palabras con profunda esperanza y en agradecimiento a quienes alzan la voz a la misma altura que Candelabro la noche del 20 de mayo en La Cúpula, para el lanzamiento de su segundo álbum, Deseo, Carne y Voluntad.
Todo empieza con un ritual de luces y sombras, en un encuentro que nos hace sentir el peso del cuerpo. Entonces aparece Nahuel Alavia, quien protege el escenario por las aproximadas dos horas que nos envolverán en la mística de Deseo, Carne y Voluntad; proyecto nominado disco del año por CityLab Global, y también destacado tanto por medios en sus resúmenes anuales, como por fans en Rate Your Music o sus propias plataformas.
Lo siguiente será en orden. Cuatro actos nos presentan la ceremonia: Celebración, Confesión, Juicio y Asunción. La presentación, además, contempló todas las canciones de Deseo, Carne y Voluntad; por tanto, el primer acto abre con “Las Copas”.
Aparecen los integrantes en un espacio que no solo los alberga a ellos y a nosotros, todos nosotros, sino también al humo y las luces. El cielo de la cúpula se tiñe de verde y rojo. Y Matías Ávila -también de rojo-, Javiera Donoso, Franco Arriagada, Carlos Muñoz, Nahuel Alavia -que antes nos bendijo-, Luis Ayala y María Lobos, se iluminan.

Candelabro no solamente lo hace de nuevo. Esta vez, mediante una propuesta teatral, onírica, elemental y profundamente emotiva, construye junto a un gran equipo creativo la presentación de su segundo álbum de estudio, en una de las puestas en escena más potentes de lo que va del 2026. Una experiencia que tuvo a casi dos mil personas, cúpula llena, cantando a todo pulmón. El espectáculo contó con la dirección de Germán Pavez –director del video Prisión de Carne– y Javiera Donoso, mientras que Gonzalo “Chalo” González, estuvo implicado en el sonido.
Resonaron las cuerdas de Luis Ayala con el inicio de Domingo de Ramos. El círculo de mosh se formaba entre los asistentes que con la cara iluminada en sonrisas e ilusión, hicieron estallar la energía de la espera cuando sonó fuerte “desalambrar”.
Durante la primera parte de la canción aparece una mesa en el escenario. Copas con vino, platos con pan. La familia, sentándose en este ritual, hace un brindis que en el momento veo, emociona a varios mientras corean, justo detrás de Matías y Javiera, la canción junto a la banda.

Creo que este es el punto en que entendemos lo que se viene, y que al más puro estilo del rito, configura el resto de la noche. Para la canción siguiente, “Haz de mí”, que cerrará el primer acto, ya no tenemos la mesa. En cambio, un confesionario toma su lugar y nos adelanta un poco lo que será la desenvoltura de la segunda parte.
Matías y Javiera se aclaran en una confesión. Y comienza “Prisión de Carne”.
Estos elementos de la narrativa y visual utilizados por Candelabro, que en escena toman forma de símbolos y artificios, responden a una crítica, pero también a la exposición descarnada del ser humano. Del ser que somos, me refiero. De quienes habitan una desolación heredada y sostenida durante generaciones. Ahí es donde la banda toma el rito y lo vuelve social, colectivo; lo saca a pasear, hace que dialogue con desencantos y creencias. Los amuletos de una generación. Transforma esa acumulación de vacíos en algo reconocible. Un sentido compartido para todos estos fantasmas.
Nos hundimos en el sonido y en las luces que iluminan a María Lobos mientras el saxo encuentra su momento. El resto parece apagarse por unos segundos; la escena la rodea y la narrativa se apoya constantemente en la iluminación.}

Detrás del confesionario, Matías iluminado, y Javiera en respuesta de sombra, a contraluz, nos llevan a “Tumba” y cerramos el bloque con “Ángel”, interpretada por ambos sentados en una banca de frente al público.
Hasta ahora no ha habido ninguna pausa, los actos se montan seguidos en una propuesta limpia y ordenada. Por su parte, el público respeta, aplaude, mira y canta con cautela esperando el próximo momento del show.
Se abre el tercer acto: Juicio. Y, para mí, es el instante más emocionante de la noche. El bloque comienza con “Liebre”, donde cada músico parece ocupar un lugar preciso dentro de una tensión que crece de forma progresiva. Entonces, Luis irrumpe con una declamación que poco a poco parece transformarse en trance.
“Que hay un entierro en mi memoria
Hay un entierro que se alarga en mi memoria
Hay un entierro que atraviesa todos los
Días de mi memoria”
Una luz amarillenta cae sobre él y algunos, más que algunos, comienzan a declamar junto a su voz. Mueve las manos, levanta los brazos y guía una armonía que “establece estas cláusulas, indefinidamente tristes”, mientras La Cúpula responde como un solo cuerpo, entre gritos y aplausos que lo sostienen.

Matías Ávila entonces se toma el grito, se toma la garganta y el pulmón y del sonido que emerge de sí, anuncia “Pecado”. El mosh es inmediato, inminente, yo pierdo a mis amigos que antes estaban y ya no, porque solo quieren estar más cerca de Candelabro, más lejos de los horrores que increpamos todos en este público antes de empezar el show.
Para el cierre, Ávila nos mirará desde un púlpito, mientras recita la última parte de la canción, del poemario “Odio lo que odio, rabio como rabio”, de Armando Uribe, con fuerza y mareo.
“Y los pocos que somos o se mueren naturalmente
O los matamos naturalmente
¿Hay un por qué? No hay un por qué
Tú eres el Dios que se te ocurre ser”
Luis se acerca al público para terminar la canción con “dios no elige a su pueblo, el pueblo elige a su dios”.

Aún quedan “Tierra Maldita” y “Deseo, Carne y Voluntad” para cerrar el tercer acto. Y quienes esperaban ese momento, parecían anestesiados por la emoción; aplaudimos, sabiendo que todavía quedaba algo más por venir. Luego llegó el silencio. Uno expectante y contenido previo al cuarto acto: Asunción.
Tras una breve pausa, Candelabro vuelve al escenario vestido de blanco. Todos menos Carlos, quien permanece de negro, manteniendo una especie de luto que, intencional o no, termina funcionando como una decisión visual efectiva. Comienza a sonar “Fracaso”.
Y todas esas cuestiones que ponemos en duda, aquellas que se acercan y se alejan constantemente del eje en la sociedad que habitamos, parecen alinearse por un momento en un gran coro de voces de todas las edades. “Dame algo en qué creer, no lo soltaré”. Me sorprende, desde un punto temprano, la cantidad de madres y padres acompañando a sus hijos. También hay grupos de adolescentes. Distintas generaciones compartiendo un mismo lugar y necesidad.

A mi costado, una persona se toma la cara cuando “Fracaso” comienza a terminar y dice: “No puedo creer el pedazo de canción que viene ahora”. Y tenía razón. La voz de María Lobos aparece iniciando “3 Flores Blancas”, y luego se une Javiera Donoso con una armonía tan delicada y precisa que por un momento parece que lo único que queda es construir esperanza.
Y entonces, desde esta esperanza, nos queda aún “Cáliz”, que es la penúltima y va cerrando la última parte del acto.
“¿usted cree en Dios?” está hecha exactamente en el espacio de creencia, uno cree cuando no sabe, y no tiene fundamentos para lo que dice que cree, digamos, si yo sé de Dios, no creo en Dios, sé de Dios, usted sabe de dios y si no sé de Dios, la creencia es una cosa vana y superflua… Yo vivo en el reino de Dios..”
Pienso en este extracto de Humberto Maturana y me pregunto si estaremos, nosotros, todos, en el reino de dios en estos momentos. Me lo cuestiono mientras veo que en el escenario Carlos le está poniendo una máscara blanca a Matías en la cara, simulando lo que creo es, una persona sin rostro. Se desploma y lo sacan del escenario.
Comienza “José (creditos)”
La última vez que vi a Candelabro antes del Lollapalooza 2026 fue en el VAM, en mi ciudad, Valparaíso. Para entonces, habría escrito al menos tres páginas en un cuaderno que no pudo esperar el trayecto en micro para hablar de los brotes generacionales que significaba el septeto para la escena chilena actual. Escribía sobre gente joven y tocatas emocionantes. Sobre mis amigos, la sincronía de saltar, embarrarse y gritar. Sobre sonidos armónicos y círculos.

Pero hoy, además de todo eso, me encuentro en vivo con algo más: las puntas del crecimiento escénico y artístico, pero también atmosférico. Las señales de ese avance aparecen incluso antes de entrar a La Cúpula. Afuera hay merch no oficial por todos lados: imanes, encendedores, la polera de Deseo, Carne y Voluntad. Pienso que eso habla de progreso, pero sobre todo de cariño.
Lo pienso aún más cuando veo acercarse a una persona vestida de monja entre los asistentes, ofreciendo algo entre el público. Más tarde le pregunto qué es y responde: “Es un fan action, ¿quieres?”. El pequeño papel amarillo dice: “pon este papel sobre tu flash durante José (créditos) —si no la tocan guárdatelo nomás, supongo—”. Sonrío porque lo encuentro tierno. Pero después me remece ver cómo esas luces amarillas terminan encendiéndose durante José, mientras Matías Ávila aparece entre las plateas de La Cúpula y canta desde el público.
Un foco lo alumbra en medio de su paseo por las escaleras y cancha de La Cúpula; la gente le abre paso con respeto, lo graban. Canta al público mientras los chicos desde el escenario lo miran y a ratos sonríen.
“José
Lo que la sangre separa
La vida, lo puede juntar”
Ya terminó el disco, pero Matías toma el micrófono para agradecer a todas y todos quienes estuvieron ahí hoy. También agradece a su padre por vencer el cáncer. Presenta a Javiera, Franco, Carlos, Nahuel, Luis y María. Agradece a un equipo gigante que estuvo detrás de esta noche. Luego Javiera lo presenta a él.

Aún nos queda para seguir disfrutando, “están invitados a quedarse”, dice Matías, y nos sumergen en las canciones de “Ahora o Nunca” (2023). Entre risas mira al público, que algo le quiere decir, y piden “Dedo Chico”. La noche luego termina oficialmente con “Madre”.
Cuando el show ya terminó y las luces vuelven a un lugar más cotidiano, los chicos se acercan al público para firmar discos, papeles y recuerdos. Creo que hay algo coherente en eso. Después de una jornada construida desde lo colectivo de la necesidad de encontrarse con otros, la despedida también sucede ahí.

Y pienso entonces que quizás esa es la verdadera dimensión de lo que ocurrió esta noche. No solamente el lanzamiento de un disco, ni una puesta en escena ambiciosa o una presentación particularmente emotiva. Fue encontrarse con un grupo que tomó las dudas, las heridas y los símbolos de una generación para convertirlos en algo compartido. Porque durante este espacio de tiempo no hubo únicamente canciones, teatro y conceptos: hubo un lugar donde mirar el vacío junto a otros y salir de él un poco menos solos.
Tantas cosas vivas que no se mueven y esta noche, en el idioma de las luces, estas almas saltando espantan a los fantasmas.