Cuando pensé que llegaba tarde a Sala Metrónomo, una larga y paciente fila me desmintió a la distancia. Me acerqué, encontré a mis amigos y aceleré el trámite como pude. La noche, en todo caso, ya venía demorando meses. Lo que iba a ocurrir en noviembre del año pasado terminó sucediendo este miércoles 23 de abril.
La fecha fue también el inicio de la gira de Mi Amigo Invencible, con Chile como primera parada de un recorrido que los llevará hasta Europa.
Más que un concierto, el encuentro arrastraba la expectativa de un cruce largamente postergado entre dos proyectos que, desde hace años, vienen dialogando a ambos lados de la cordillera.
Pasadas las 20:00, la sala se llenó en cuestión de minutos y sin mayor anuncio Niños del Cerro subió al escenario. Simón, Pepe, Blondi, Nacho y Diego se instalaron rápido en ese terreno que conocen bien. Llegaban además en un momento particular, marcados por el impulso de Alma Tadema, y con un repertorio amplisimo de canciones, donde más de algún hit querido por los fanaticos quedó fuera.
Canciones como “Vinca”, “Canto al mediodía”, “Tembló” y “Povidona”, abrieron la noche. Con la poesía de Alma Tadema, el carácter sonoro que los caracteriza y la atmósfera que vienen construyendo hace años, Niños del Cerro se afirma ya, como una “institución” dentro del circuito nacional.
El set avanzó con naturalidad. En ese tránsito llegó uno de los momentos más esperados: “Príapo (o Sísifo otra vez)”. El Principe Idiota (Mariano), apareció para compartirla con Simón. Más que una invitación puntual, se sintió como la confirmación de una complicidad que se insinuaba hace tiempo.
No era un cruce improvisado. La cercanía entre ambas bandas viene de hace años: admiración declarada, encuentros reiterados a uno y otro lado de la cordillera.
“Sulamita”, “Miel”, “Mi modesta ceguera personal” y “Seis de enero” terminaron de afirmar el conjunto. En eso llegué a concluir que la carga lírica de la banda en vivo encuentra otra proyección. Algunas frases quedan resonando distinto cuando se sostienen en una sala llena. “No hay patria en el tiempo, mi amigo” de Canto al Mediodía, por ejemplo.
El cierre con “Sísifo” fue claro y preciso. Un set sólido, sin forzar momentos. El interludio fue breve pero necesario. Cigarros, baño y tragos. No había atisbo de día miércoles.
Mi Amigo Invencible tomó el escenario con la seguridad de quien ha construido en el tiempo. La base rítmica sostuvo un set donde sintetizadores y guitarras encontraron equilibrio entre urgencia y contemplación.
Abrieron con “Gato negro pasa” y marcaron de inmediato el cambio de energía. “La danza de los principiantes”, “Fósil” y “Bib-bip no me hables” le siguieron. El recorrido avanzó con ritmo, sin atropellos. Hay oficio, y se nota en cómo ordenan cada momento.
Las sorpresas fueron apareciendo con naturalidad, y ahí es donde la noche empezó a volverse algo más. No era solo un set bien armado, sino un recorrido que se conectaba con nosotros.
Simón volvió al escenario en “Desayuno continental”, una canción que viene covereando hace años. Luego apareció Matías Ávila, de Candelabro, en “La araña”, retomando una relación que data de 2024 cuando ambas bandas compartieron escenario en esta misma Sala Metrónomo. Y uno de los momentos más celebrados llegó con la aparición de Javiera Mena en “Llamada Perdida”, con quien ya habían coincidido en el Festival Buena Vibra junto a Alex Anwandter.
“Lejos de todo” y “Máquina del tiempo” ordenaron el tramo final, bajando levemente la intensidad antes del cierre. “Acto de fe” terminó de cerrar una noche con la energía arriba y demostrando que el repertorio de Mi Amigo Invencible pareciera no acabar nunca.
Fue, ante todo, una noche de amistad. Neruda en 1973 dijo: “La Argentina era, y seguramente seguirá siéndolo, un país de amigos”, hoy no parece ser distinto. Esa noche se hicieron visibles circuitos que dialogan, que se acompañan, que se reconocen. Borges, en Piedras y Chile, hablaba de “sombras entretejidas”. Lo de esta noche parecía su versión luminosa, proyectos que al encontrarse terminan de dibujar un mapa común.
Sin grandilocuencias, fue una noche importante para quienes disfrutamos la música independiente a este lado del mundo y encontramos en ella algo propio. No solo por lo que ocurrió arriba del escenario, sino porque confirma que estas canciones nacen de paisajes compartidos, de una geografía reconocible, y que en esa cercanía está también su fuerza. Porque difícilmente podrían existir igual en otro lugar del mundo.