Rusowsky en Chile: Scroll infinito hacia un rave emocional

Por Samantha Henríquez | Fotos por Benjamín Neira @parasyto_

La fila del Teatro Coliseo no era larga para ingresar – a eso de las 20 hrs – pero la euforia se sentía a lo lejos. Poleras negras con gorilas handmade, gorros peludos y estrafalarios, jeans lowrise y pelos de color fantasía. Y para quienes no recibieron el memo, los clásicos vendedores de merch pirata, salvaron a más de uno de quedarse fuera del dresscode. Era la antesala perfecta para recibir a Rusowsky, el cantante y productor español que convirtió la melancolía y el consumo crónico de internet, en una bandera cargada de ternura y poesía.

Adentro, voces desordenadas conversando sus expectativas del concierto bajo el ritmo de PinkPantheress y Memories de David Guetta. “¿Cantará dolores? Yo estoy segura que él sufre”, me comentó una amiga. Sí, sufre, pensé. No hay otra forma.

Los ánimos ya empezaban a desesperarse, cuando cerca de 15 minutos más tarde, las pantallas y luces anunciaban el comienzo del show. Con unas visuales que parecían sacadas de un foro de Reddit, subieron los músicos que acompañaron al español durante su pasada por Chile. Todos bajo la misma estética: trajes de buzo blancos, lentes de sol y pelucas tipo melena oscuras, y como plato principal: Rusowsky.

Jhonny Glomour fue la chispa que encendió la mecha de la noche. Un sampleo imposible de no cantar para quienes crecimos en los dos mil. Pero más aún, imposible de no bailar cuando el ritmo comenzó a cambiar para tornarse lentamente en una cumbia. Ese fue el primer sneak a peak que tuvimos de lo versátil que sería todo el show.

Le siguió Altagama en su versión acústica. Un momento íntimo. Donde conocimos a un Ruslán en su faceta más real y vulnerable, con un trabajo increíble de iluminación que nos entregó una vibe angelical de ensueño. Para luego, tocar la versión original de la canción y poner al Coliseo a bailar.

Seguida por una de las más coreadas y la primera fuera del álbum, Brujita. Para entonces retomar el proyecto con Daisy, la canción homónima del álbum. El viaje por la nostalgia de quienes vivimos crónicamente online continúo con SOPHIA; CELL; pikito; neo ronroneo y (ecco).

Bastó que sonara pink+pink para que saliéramos todos de esa ensoñación que se había ido construyendo y recordáramos el propósito mismo de la canción “I just wanna dance all night, have a little fun, I think I might”. And we did!

Pero como demostró con creces el artista, este viaje no sería lineal. 99 nos unió en una sensación colectiva de estar rotos e incompletos. Solo para dar paso a uno de los momentos más potentes de la noche. Las visuales nos regalaron nuestra primera vez dentro de un microondas. Sabíamos que se estaba cocinando algo grande.

La montaña Rusowsky, volvió a subir con KINKI FÍGARO. “JUMP Chile!” bastó para que todo explotara al ritmo de una producción maximalista llena de glitches y chopeos. Una presentación durísima que sorprende no haya generado un sismo en Santiago. Quienes estuvimos en las primeras filas de cancha, nos llevamos el mismo recuerdo del concierto en ese momento: un rasmillón, un golpe en la cabeza o un pisotón en el pie. Siguió la fiesta bajo sukkKK!!, con proyecciones saturadas de contenido memero y tung-tung zahur.

BBY ROMEO sonó desnuda en su versión acústica. Teclado de fondo, sonidos étereos y Rusowky con su guitarra. Las luces, en un trabajo preciso, bañaron al artista con dos focos amarillos que crearon esa atmosfera soñadora y melancólica. GATA siguió en la lista, también junto al miembro del colectivo madrileño Rusia IDK, Ralphie Choo, quien hace no mucho se presentó en aquel mismo escenario. La calma continuó con project tu culo.

Aquellas piezas fueron un guiño completo a esta generación. Sensibles y digitales, pero con esa ironía tan característica. Visuales de Ruslán con sus amigos de Rusia IDK creando, viajando y compartiendo el mismo sueño creativo, se fundían en la pantalla entre clips blurry y gatitos salidos de un scroll infinito por TikTok.

Fue el momento de una de las más sentidas por el público: Mwah :3 en teclado y su versión original. En aquel momento I coulnd’t help but wonder cuál era la capacidad del teatro, para saber cuántos corazones estaban conectados bajo esa misma letra. Es cosa mía este dolor que siento y no te compete. Poco a poco pasa el tiempo y así lo sentimos a medida que el ritmo se ralentizó.  Los cuerpos bailaban y se escuchaba cada una de las puñaladas.

Foto: Benjamín Neira | @parasyto_

Volvimos a encender la pista y el concierto llegaba a su fin. malibU y DOLORES fueron las penúltimas canciones. Y justo cuando parecía ser que había culminado el show, VALENTINO de Ralphie Choo, terminó de consagrar un concierto lleno de energía, emocionalidad y pies que quemaban de tanto saltar.

Inmediatamente después Call it Fate, Call it Karma de The Strokes sonó por los parlantes, indicando que the party was over.

Fue una velada catártica. Donde todos a quienes se nos hace difícil expresar nuestros sentimientos, fuimos capaces de gritarlos juntos. Una verdadera montaña Rusowsky que pudimos haber vivido a solas desde intimidad de nuestras habitaciones escuchando su música, pero que tuvo lugar en el Teatro Coliseo. Demostrando que el internet es un espacio profundamente solitario y nostálgico, en el que nos podemos encontrar de la forma más humana. Pero sobre todo, que Ruslán es uno de los artistas más versátiles y potentes de su generación.

Total
0
Shares
Previous Post

Oye Elizabeth invita a Diego Lorenzini a su nube sónica en “Tambor”

Next Post

Fauna Primavera 2025: cómo llegan las bandas a la estelar versión del festival