Fotos por: Gerardo Aliaga (@geraliagar)
Sobre las ruedas de un recorrido habitual de micro, me dirigía al Aula Magna del Liceo Manuel de Salas, en Ñuñoa. Lo que parecía un trayecto común fue interrumpido por un desconocido. Repartía folletos con fotos de monitos animados acompañados de frases bíblicas. Por cosas de la vida, y como si supiera donde iba, me entregó uno. “No os adaptéis al mundo, sino sed transformados por la renovación de la mente”, decía el cartón. No le di mayor sentido y, como no tenía monedas para agradecerle, se lo devolví.
Caía el ocaso en Ñuñoa y el Liceo Manuel de Salas se preparaba para recibir a Candelabro, banda nacional que presentaba su más reciente disco: Deseo, Carne y Voluntad, aclamado por la crítica local e internacional. El escenario, que simulaba la fachada de una iglesia, anticipaba la atmósfera espiritual de la noche. Los encargados de abrir esta velada eclesiástica fueron Nico Carreño, acompañado de Daniela Gatica en coros, y Eduardo Becerra.
Carreño, con el virtuosismo que lo caracteriza, ofreció un set donde el folk pololeó con el rock progresivo y el jazz. Incluso se dio el lujo de versionar El baile de los que sobran, de Los Prisioneros, con una sensibilidad distinta, más íntima, pero igual de punzante.
Le siguió Eduardo Becerra, trovador de calle que contó haber sido invitado por pura casualidad, mientras tocaba en el Paseo Ahumada. Ese gesto, refleja algo esencial: Candelabro está anclado a nuestras raíces, a la idea de conservar lo nuestro. En ese momento, le otorgué sentido a la cita bíblica que me entregó el desconocido.
Becerra nos llevó por un viaje profundo hacia lo nuestro. Repasó canciones de Violeta Parra, Víctor Jara y Osvaldo “Gitano” Rodríguez, recordándonos la urgencia de revivir ese cancionero popular, de inflar el pecho por nuestra música.
Tras un abrazador aplauso, el telón se cerró. No quedaba un solo asiento libre. Era el turno de Candelabro.
“Mierda, mierda, mierda”, se escuchó tras bambalinas. Eran pasadas las 20:30. El telón se abrió lentamente. Matías Ávila apareció primero, solo con su voz y su guitarra. “Tomas mis manos“, del primer disco, fue la encargada de inaugurar la ceremonia.

Entre aplausos, Matías invitó a Javiera Donoso (voz y arreglos) al escenario. Se ubicó a su derecha y juntos interpretaron “Todas las fiestas”, del aclamado Ahora o Nunca. La solemnidad del comienzo fue ganando intensidad cuando se sumó Carlos Muñoz (bajo), Franco Arriagada (batería y voz), Nahuel Alavia (saxofón, teclas y flauta) y Luis Ayala (guitarra y voz), preparando el terreno para “Pared abajo”, mientras el saxo de María Lobos (saxofón y teclas) aguardaba su momento.
Cuando María tomó el escenario, el Aula se convirtió en templo. Con “Angel” —una reinterpretación de la oración del ángel de la guarda— inauguró oficialmente la liturgia de Deseo, Carne y Voluntad. La potencia de su interpretación fue tal, que el crash de Franco se desplomó al final, recordándonos que ni el más devoto creyente está a salvo de la desgracia.
Siguieron “Tengo que saltar” con un preciso guiño a “Charagua” de Victor Jara, “Piano a piano” y una delicada versión del “Vals de La Negra Ester” dedicado al actor y dramaturgo Andrés Pérez, un homenaje a la memoria y la teatralidad de lo nuestro. Luego, Candelabro sorprendió con una versión impecable de “Pájaros de Arcilla”, de Congreso, escrita por el poeta Víctor Sanhueza y cantada esta vez por Franco. Una de las interpretaciones más conmovedoras de la noche: contemplativa, precisa y sentida.
“Está intensa la noche”, soltó Matías. Y tenía razón. “Tumba”, “Prisión de carne” y “Liebre” tejieron el clímax del concierto: en Tumba, el diálogo entre los saxos; en Prisión de carne, el impactante solo de María; y en Liebre, el spoken word de Luis, lleno de fuerza y sensibilidad.

Las luces bajaron. Solo Matías quedó iluminado, silueteado, un tanto celestial, para entonar la canción que da nombre al disco: “Deseo, Carne y Voluntad”. Luego, con picardía, anunció: “Hicimos esta sección para que pase algo”. Anda a saber tú a qué se refería.
Comenzó “Domingo de Ramos”. El coro —“Desalambrar”— bastó para que las butacas dejaran de ser excusa. La gente se paró, saltó, bailó y se empujó. Un ritual laico de liberación. “¡Viva Chile!”, se escuchó al final.
Siguieron “Haz de mí” —con el público moviendo los brazos bajo la batuta de Nahuel—, “Me acerca otro más” y la esperada “Pecado”. “Estoy seguro de que más de alguien vino a escucharla por primera vez”, bromeó Matías antes de empezar. “Pecado” busca a Dios, pero no se arrodilla: lo interpela, lo enfrenta. Matías la cantó con responsabilidad, sosteniendo la carga emocional que le entrega sentido. Una canción valiente, necesaria.
Tras un breve receso, el público volvió a la calma. La euforia dio paso a la contemplación. Sonaron “Tierra Maldita” y “3 Flores Blancas”, donde las armonias de las voces de Javiera y María, junto a la flauta traversa, elevaron el Aula. “Cáliz”, “Fracaso” y “José” pavimentaron el cierre.
Finalmente, “Madre“ clausuró la noche. En un espacio distinto —con butacas y silencio reverente— Candelabro mostró madurez escénica, y equilibrio entre la solemnidad y la euforia. Al terminar, el público se levantó de sus asientos y aplaudió de pie, como quien agradece una gran obra de teatro: con respeto, emoción y la certeza de haber presenciado algo único.

Qué necesaria es la música de Candelabro. Qué urgente es volver a lo nuestro, revisitarlo y rescatar lo mejor de nuestra historia para seguir construyendo lo que somos. Candelabro sigue pavimentando el ripio que otros evitaron: el de ser chilenos sin miedo, de honrar nuestros paisajes, nuestros sonidos, nuestro vivir. Aflora un patriotismo bien entendido —sin disfraz político ni usurpación simbólica—.
Volví a pensar en el folleto que me había entregado el desconocido en la micro. Quizás esa transformación no sea solo espiritual, sino cultural. Tal vez aluda a lo que Raúl Ruiz alguna vez dijo: “Uno de los roles más importantes del artista chileno es producir signos con los cuales toda una tribu se identifique. No me refiero a signos de identidad exteriores, como la bandera, el himno nacional o el Chino Ríos, sino a otros más profundos, que le dan a la gente la convicción de que está viviendo en un lugar del mundo y no en otro”.
Ruiz fue pesimista. Creía que esa capacidad se había muerto en Chile, que ya no volveríamos a producir esos signos verdaderos. Pero quizás no todo esté perdido. Quizás bandas como Candelabro sean esa renovación de la mente que el país necesita: artistas que no temen mirar hacia adentro, hacia la raíz, para recordarnos que todavía habitamos un lugar en el mundo, y que todavía suena a nosotros.
Candelabro se siente nuestro. Música desde el sur, apretada entre el Pacífico y la cordillera.