Andrés Calamaro en Teatro Caupolicán: Sashimi de Salmón

Por Diego Rojas Arce

Camino por las calles de un Santiago roto, con el cemento manchado. Los recientes acontecimientos y el aniversario del estallido añaden tensión al aire, en un día en el que no quiero más novedades. Voy al Teatro Caupolicán con una pregunta que exige respuesta: ¿qué hace del salmón un pez distinto?

¿Es su soberbia por nadar en agua dulce y salada? ¿O su necesidad de volver al origen para reproducirse? Tal vez sea nuestra pedantería gourmet la que le da importancia a un pez de carne naranjo que repite un ciclo absurdo.

Andrés Calamaro es un tipo controvertido, tal vez más para estudiar que para admirar. Pero no vine a decidir eso. Lo que puedo decir es que es un rockstar con una mística intacta, aunque su voz esté gastada y sus canas no se oculten.

Foto: Octavio Córdova (@octavio.cordoval)

El ingreso al Caupolicán es expedito, la seguridad reforzada desde la última balacera. Este es un show senior: todos sentados. De fondo, clásicos del rock & roll sureño gringo, mientras el público se acomoda.

Un gin tonic de homenaje y estamos listos, detalle no menor, sin limón. Lo mismo el escenario: sin telón ni parafernalia, solo instrumentos imponentes de alta gama. Esto no es pop; es rock & roll, no apto para menores.

El show comienza, y la presencia de Calamaro es la más humilde en décadas, pero no menos mística. La banda es sólida, digna de un show de Slowhand Clapton. Con una bandana, como chef de teppanyaki, Calamaro “cocina” versiones reconstruidas de sus discos emblemáticos. Pieza por pieza, como sashimi de salmón.

Foto: Octavio Córdova (@octavio.cordoval)

Lo que les interesa: el viejo canta bien, está en un buen momento, suena cañón, como dirían los lolos. Está más preciso, pese a su evidente dificultad para recordar algunas letras. Supera su última visita a Santiago, donde dejó que desear vocalmente. El setlist es mayormente de “Honestidad Brutal”, con la sorpresa de “Más duele”, una que no toca siempre.

¿El contra? Las sillas. Un show de clásicos no debería tener un público de cine. Extrañé el espíritu del fanático acérrimo del rock argentino, y aparentemente la galería también. Un par de viejos cuicos se quejaban contra el fanático que disfrutaba los himnos, no enteros, saltando o coreando, con cara de asco. Asco me dan ellos por no disfrutar la vida.

Aquí solo hay talento, no novedad. Y con eso, la pregunta del inicio tiene respuesta: ¿qué hace del salmón el salmón? Es su esencia sin adornos, la calidad de su carne cruda, y esa certeza que al ser humano le encanta.

Porque, entre tantas sorpresas estresantes que da la vida adulta, hay constantes: hay que pagar impuestos, la muerte es inevitable, el salmón nada contra la corriente, y Calamaro nunca decepciona.

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