Entre familias, cuecas y conversaciones hechas de instrumentos, Los Tres transformaron el Teatro Universidad de Concepción en algo más íntimo que un concierto: una reunión abierta al recuerdo, la complicidad y a la celebración de una música identitaria que sigue viva.
Un espectáculo dedicado al joven bajista penquista Matias Lindl Stück, sobrino de Titae Lindl.
A las siete y media, con el invierno ya instalado, la oscuridad penquista caía temprano sobre el Teatro Universidad de Concepción. Afuera, las poleras lilas caminaban lento hacia el teatro, todavía un poco golpeadas por el resultado deportivo de la jornada. Un recinto caracterizado por la memoria e historia de la ciudad, y de la banda protagonista.
En el primer piso no se respiraba la típica ansiedad de espectáculo masivo, sino cercanía. Familias completas de los integrantes se saludaban con esa confianza silenciosa que sólo dan los años compartidos.
También estaban los “viejos bacanes”: hombres de chaqueta de mezclilla o cuero, con barbas indomables y bigotes al estilo “arrocet”. Más allá aparecían las “señoras light”, de ropa estampada y colorida, cabello largo y sonrisa tranquila.
Los minutos avanzan y, a las ocho con veinte, los aplausos comienzan a bajar desde las plateas altas. Las luces se apagan. Aun así, las siluetas de Álvaro Henríquez, Francisco Molina, Ángel Parra y Titae Lindl brillan sobre el escenario, sin la necesidad de tocar una nota.
La escucha íntima de XCLNT
“Cantar y amar” abre la noche junto a su videoclip de fondo. El público, al comienzo, responde con timidez: aplausos suaves, murmullos contenidos y varios tarareos discretos. Donde la noche no buscaba el desenfreno inmediato, sino la contemplación. Una instancia de escucha que busca ser íntima.
El disco fue presentado en su orden original. Detrás de la banda, figuras geométricas azuladas iluminaban el teatro con una estética exótica, pero al mismo tiempo elegante.
“Como llegaste te vas”, “La vida al revés”, “Al menos solo por hoy” y “Peor que mal” provocan una recepción prudente. Se nota que muchos escuchan el álbum por primera vez. El público observa, procesa y se deja llevar lentamente. Lo disfrutan, los movimientos rítmicos de cabeza y la sonrisa de satisfacción ante los riffs lo demuestran.
Pero llega “Perro Muerto” y cualquier dote de desconocimiento o timidez se consume junto al frío. Ahora empezó la sed: comienzan las palmas, los silbidos y el reconocimiento colectivo de los tiempos de una cueca.
Con “INRI”, la timidez termina de morir. Las cabezas comienzan a moverse al ritmo feroz de la batería de Pancho y los gritos ya forman parte del ecosistema.
Sin embargo, la euforia se mezcla con la incomodidad. Porque la música también tensiona. En “Alma a la deriva”, se sabía que las palabras “Cobra, bruma y manchas en el mar” se encontraban en la canción, pero nadie presagio su presencia en una tarima destellando en un rojo que llega a parecer sangriento sobre las pantallas. La letra aparece apenas unos segundos, pero suficientes para incomodar el cuerpo entero. La política atraviesa la música aunque nadie la nombre directamente.
La canción termina y para aliviar el ambiente, Álvaro explica lo que viene: tras “Que vuele” habrá un intermedio de diez minutos antes de tocar las canciones más conocidas. “Esta es pa’ todos los volados, que vuelen”, dice. Y claro que vuelan. Las luces permanecen rojas mientras un pasillo psicodélico infinito consume el fondo del escenario, atrapando la mirada del público dentro de la música.

Intermedio
En el break aparece el viejo dicho de “pueblo chico, infierno grande”, aunque Concepción no sea un pueblo y no tenga nada de pequeño. Todos se ponen de pie. Y surgen las conversaciones con “la vecina de…”, “el primo de…” y “el tío de…”.
En las pantallas se proyectan fotografías de la estadía en Abbey Road Studios, mientras los murmullos son la música del teatro.
La euforia por los clásicos
Las luces vuelven a apagarse y “Gato por liebre” marca el regreso. En un momento, los instrumentos dejan de acompañarse y comienzan a dialogar entre sí. Las guitarras discuten; funcionan como un verdadero dúo dramático, un “Pimpinela” hecho de cuerdas y distorsión. Más atrás, el bajo y la batería responden con otra personalidad, como si fueran Ana Gabriel y Vicky Carr entrando a la conversación de manera amistosa y cómplice.
El dinamismo entre ellos transformó el teatro, volviendo todo más íntimo, si es que se pudiese. Como si todo ocurriese en un mismo living; el público, los instrumentos, las luces.
Por eso, los vitoreos finales no sorprendieron a nadie.
Lo mismo ocurrió cuando las primeras notas de “Un amor violento” llenaron el recinto. La canción desbordaba romance, y Titae lo sabía bien: lanzaba besos hacia su familia sentada entre el público.
Aunque el Teatro Universidad de Concepción suele parecer pequeño, los gritos y aplausos terminaron expandiéndolo. Los coros de la audiencia hacían sentir el lugar enorme.
Con “He barrido el sol”, la euforia ya era irreversible. El público rompe las reglas tácitas del recinto, se pone de pie y comienza a saltar y mover los brazos. Nadie volvió a sentarse.
Supuestamente, ahí terminaba el show.
Pero no podían dejar al público suspendido en ese punto.

El cierre: cumpleaños, amigos y familia
La banda regresa al escenario y, junto a ellos, aparece la melodía de “Feliz cumpleaños”. El sábado fue Ángel Parra, y durante este domingo el homenajeado es Pancho Molina, celebrando arriba del escenario rodeado por su familia y por el teatro entero.
“La espada y la pared” retumba con fuerza entre gritos y brazos en alto. Los solos de cuerda vuelven a alimentar la intensidad del público.
“Un cariño a mi familia y a mi tía Anita”, dice Álvaro antes de comenzar en acapella, un cover que ya es tradición; “Tren al Sur”.
Y así, entre nostalgia, complicidad y ruido, la noche termina con el clásico de Buddy Richard, “Tu cariño se me va”, y una uñeta lanzada hacia el público como punto final de una velada cargada de familiaridad y el corazón abierto del cuarteto.
