"Una marcha al interior de Los Jaivas": entrevista tras el regreso de 1995

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A fines de 1995, Los Jaivas volvieron a instalarse en el mapa con un hit absoluto: “Hijos de la tierra”. Una energética canción que marcó el renacer de la banda chilena, que se sobrepuso a la muerte de su baterista Gabriel Parra, con un trabajo a la altura de sus mejores momentos al recuperar la mezcla de rock y folclore latinoamericano con Juanita, hija del fallecido percusionista.

De esos días rescatamos una vieja entrevista, realizada por Pablo Marín para la revista Rock&Pop, que apareció en una edición dedicada a otros clásicos que sonaban fuerte por esos días, The Beatles.


Es primero de noviembre, día de Todos los Santos. En el Cementerio Parque del Mar de Con Con, la familia numerosa de Los Jaivas se reúne para homenajear a Gabriel Parra. Su hija, Juanita, y sus hermanos Claudio y Eduardo, depositan flores en su tumba. Alguien dedica algunas palabras a la memoria del baterista muerto en 1988 y todos juntos rezan un Padre Nuestro.

Pese a que ya no viven en comunidad, Los Jaivas siguen sintiéndose atravesados por una idea de comunión que se refuerza todo el tiempo y en todas partes. Cuando se recuerda al hermano que ya no está, o cuando las mamás, parejas e hijos los acompañan en sus recitales. Son una institución con más de 30 años de rodaje, un grupo que a fines de los 60 dejó de llamarse High Bass para hacer música latinoamericana basada en instrumentos de rock y que hoy sigue, mas o menos, en la misma.

Así lo demostraron dos días mas tarde, en el inicio de su gira nacional de presentación de “Hijos de la tierra”, ante doce mil personas que deliraron con sus clásicos en la Quinta Vergara. Un público tan fiel que, llevado por el fervor, ignoró por completo algunos graves bajones en la presentación. A fin de cuentas, son Los Jaivas, los reintentares de Alturas de Machu Picchu y los creadores de “La Conquistada” (la que dice “suaves caricias/tiernos desvelos”), un indispensable del rock chileno.

Información para iluminarse

La conversación con el grupo comenzó en una pieza de hotel, a fines de septiembre, con motivo de la presentación del clip de “Hijos de la tierra”. Siguió un mes más tarde, en plena Ruta 68, en las camionetas que los llevaron separadamente a Viña, su ciudad de origen. Aclaramos que no todos saben, necesariamente, lo que los demás dijeron sobre lo que les preguntamos. A ninguno le importó, de cualquier forma.

-Ustedes parecen buscar a toda costa seguir trabajando con la gente que está en su propio círculo (Juanita en batería y Fernando Flores en bajo) ¿Tratan de no “contaminarse” con otras influencias?

Gato: Encontrar una persona que pueda tocar contigo es difícil, porque los lenguajes a veces son distintos. Nunca hemos querido poner elementos musicales de rock, o de jazz, pese a que nos gustan mucho y a que nos influyó la manera en que rock & roll supo sintetizar sus propias raíces. A partir de eso, quisimos hacer una síntesis con nuestras propias raíces y no podíamos hacerlo con la música de otros.
A veces tocábamos, por ejemplo, con un baterista que marcaba el beat del rock en un tema con ritmo de huayco. Y eso era algo que no calzaba con lo que hacemos. Entonces, teníamos que trabajar con alguien dispuesto a redescubrir un folclore basado en instrumentos de rock. En todo caso, lo del cierre de influencias es cierto. Es una actitud casi tozuda de nuestra parte. No nos interesa mucho saber cuál es la última moda, estamos un poco al margen.

-¿No significó un quiebre de esta continuidad su disco anterior, “Si tú no estás”?

Eduardo: Lo que pasa es que, en cierto momento, nos cansamos de llorar, del folclor y de todo eso. De hecho, jamás nos consideramos folcloristas. Eso sería casi una ofensa para nosotros, al igual que los demás rótulos que nos ha puesto la gente sobre nuestra música: rock, mezcla de rock con folclore, etc. A veces les decimos “sí, sí, está bien”, como para poder seguir conversando y no retarlos. No nos gusta mucho andar retando a la gente.

En este disco dijimos “volvamos a nuestras raíces como grupo”. A la época en que tocábamos “El Twist del Esqueleto” junto a un cha cha cha o un bossa nova, a los años en que éramos intérpretes que tocaban de todo un poco. A eso quisimos volver, a los High Bass, a hacer música popular. Pero el proyecto fracasó por razones obvias (la muerte de Gabriel Parra en 1988). Todo se empezó a llamar “para Gabriel” y ese proyecto tan lindo que teníamos quedó convertido en un disco triste, vacío, sin ninguna consecuencia. Ese disco es una tumba. Y eso que a Gabriel lo enterramos con la mayor vitalidad. A su tumba se fueron muchos. El día de su funeral, los jóvenes de 18 años se tiraban para adentro y yo no sabía cómo pararlos. Querían irse y tiraban todas las cosas: los calzoncillos, los zapatos, instrumentos. Todo iba para adentro, todo iba a pagador. En fin, ésa fue la realidad del disco.

-La vida en comunidad siempre ha sido importante para ustedes ¿qué conservan de eso en este minuto?

Gato: Ahora no vivimos en la misma casa, pero tenemos muchas cosas en común. Los músicos seguimos siendo una sociedad que compartíamos todo. Ahora las familias están separadas, pero el contacto familiar continúa. Hay un hijo mío que tiene un grupo con dos hijos de Claudio y con otra gente africana y francesa del barrio con los que tocan raggamuffin. Están muy metidos en la realidad de la banlieue (las barriadas marginales) pero siempre se consideran parte de una familia Jaivas.

-En Europa tuvieron experiencias bien especiales ¿qué hubo con la BBC?

Eduardo: Ahí pasó algo muy entretenido, porque Neil Hunter, que en ese momento era el Papá de la crítica de rock, escribió en una revista sobre nosotros y además nos pasó en un programa de radio de la BBC cuando estuvimos en Londres. Él tenía mucho respeto por la proposición nuestra de un rock muy extraño. Habló de Gabriel como el tercer baterista del rock mundial y después nos abrió los micrófonos para que tocáramos las trutrucas. Eso fue nuestro mayor acercamiento a los medios más recalcitrantes del rock inglés, con mucho respeto de parte de ellos.

Más dicharachero que el resto de la banda, Eduardo recuerda más tarde su encuentro frustrado con los dioses del pan. “Sí no nos topamos con los Sex Pistols en nuestras giras por Holanda, fue por pura casualidad. Tocamos en los mismos clubes, andábamos pisándonos los talones. A mí me hubiese gustado toparme con ellos. Habríamos conversado, nos habríamos tomado unas cervezas y después cada uno habría partido en su camión. No fue el caso, pero nosotros compartimos con ellos el universo de la ruta y el club. Los sentíamos como colegas. Decíamos ‘Ah, estos flacos son ingleses, andan en la misma y tocarán acá’. Y uno lo sabía, porque se encontraba con rayados de spray en los camarines”.

El rock del mundial

-¿Piensan que la vertiente original de su trabajo tiene que ver con gente como Violeta Parra. O sea, con la idea de recuperar la raíz folclórica, pero imprimiéndole un valor agregado que tiene que ver con el rock?

Eduardo: Es verdad. En cierta medida somos discípulos de su trabajo, porque creímos en ella más que ningún otro músico de este país. Es cierto que nos gustó “El rock del Mundial” y otras cosas de entonces. Pero ya a nivel de enfrentamiento con la realidad, Violeta significó mucho para nosotros. Como ella, nos sentimos recopiladores de una cultura dispersa, desconocida.

-En el periodo en que cambiaban de High Bass a Jaivas (1969) ¿escuchaban a Hendrix o Pink Floyd?

Gato: Cuando éramos contemporáneos de Hendrix o los Rolling Stones, lo propio de esa generación era querer sintetizar una raíz popular. Ellos también fueron recopiladores, fue su manera de hacer música. Nosotros también quisimos hacer una introspección y de ella empezaron a salir ritmos de cueca y ritmos mapuches. Descubrimos ahí nuestra memoria ancestral.

-Retrocediendo un poco ¿qué produjo el abandono de Chile en 1973?


Gato: Salimos hacia Argentina a fines de septiembre, un par de semanas después del golpe militar. Ya teníamos programado con un empresario ir a aventurar junto con nuestras familias. Pensábamos quedarnos un mes y después ir recorriendo el continente. Pero la situación cambió porque la realidad de los países, con sus fronteras cerrándose, ya no fue propicia para la aventura que queríamos emprender. Nos vimos obligados a radicarnos allá. Participamos en festivales de rock, conocimos a gente como Charly García y David Lebón y nos hicimos de muchos amigos.

-¿Es cierto que tenían anunciado un recital para el 11 de septiembre en el Teatro Municipal?

Gato: Claro. El 15 de agosto dimos un concierto junto a la Orquesta Sinfónica o Filarmónica de Viña del Mar. Fue nuestra primera experiencia de ese tipo y fue algo muy bonito. El 11 y 12 de septiembre lo íbamos a hacer en Santiago, con la misma orquesta, pero por razones obvias no se realizó. Todavía tenemos la idea de concretarlo, aunque en un plazo no muy cercano.

-Da la impresión de que en la época de la UP, ustedes no encajaban. El país estaba muy polarizado políticamente y tanto para la derecha como para la izquierda, ustedes eran como un grupo de hippies perniciosos…

Gato: Esos ataques certificaban que no estábamos errados. Nosotros sabíamos que nuestro camino no era el de la política, porque no respondía a nuestras interrogantes. Y mucha gente que construyó el movimiento musical con nosotros, comprendía esto.

-El diario El Clarín los implicó en una época en una orgía de marihuaneros, titulando incluso “Todos juntos y en pelotas” ¿Qué recuerdan de eso?


Gato: En ese tiempo, los diarios inventaban cualquier cosa. Y en realidad era divertido ver cómo transformaban un hecho aburrido en algo entretenido.

-Pero había sobre todo una actitud con respecto al tema de las drogas.

Gato: Mira, en ese tempo no había, como ahora, un periodismo especializado de espectáculos. Así que cuando Los Jaivas aparecían en la prensa, sólo podían hacerlo en las páginas políticas como enemigos de algo, o en las policiales. En ese entonces, el festival de Piedra Roja era “festival de sexo y droga”. Nunca se habló de las propuestas musicales de los grupos.

-En todo caso, se vivía un tiempo de legitimación de las drogas como forma de abrir la conciencia ¿Cómo lo veían ustedes?


Gato: Aparte de las experiencias que uno puede haber tenido, yo creo que el arte era el medio. Eso lo veíamos en las improvisaciones, cuando creábamos en pleno recital junto con el público. Sentíamos que había algo mágico en todo eso y que teníamos la suerte de estar viviéndolo. Y era todo. Nos sentíamos músicos antes que nada.
También había grupos que buscaban el camino espiritualista y que nos trataban de acaparar. Era gente que se preocupaba de cuestiones como el Ser y de realizarse a través de la meditación. Nosotros veíamos eso con alarma, porque algunos músicos se fueron a estos grupos y dejaron de tocar.

Otra vuelta de tuerca

Los Jaivas no venían a Chile desde hace cinco años, así que echaban de menos. Volvieron con “Hijos de la tierra” que, aparte de ser su nueva producción, les dio la oportunidad de renovar el contacto con el público chileno.

-¿Sienten que en el nuevo disco se están recreando al fundir elementos conocidos con otros más novedosos?

Eduardo: Nos habíamos propuesto no copiar a Los Jaivas y reflexionamos mucho sobre lo que íbamos a hacer. Porque si bien nos interesan mucho los elementos del folclore y de la tradición indígena de América, aquí quisimos investigar y llegar a ritmos más desconocidos del continente. Incluso, llegamos a explotar en nuestras propias mentes.

-En “Arde el Amazonas” toman el tema del ambientalismo

Eduardo: Diría que es algo casual. Es algo en lo cual empezamos a mediar hace más de 20 años, sin usar siquiera la etiqueta ecológica. Trabajamos en una obra ecológica, Atomic City, y participamos de un documental para TVN el año 83 en la Antártida. Pero no es algo con lo que ahora nos identifiquemos.

-Por lo que parecen, van a continuar su trayectoria en Francia. ¿Cómo se imaginan dentro de diez años?

Claudio: Me imagino al grupo tocando, grabando, haciendo giras por todas partes… En realidad también siento curiosidad por saber eso.

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