Relatos de contingencia: Cómo el odio beneficia a los odiados según Diego Lorenzini

Diego Lorenzini
Fotos por: Jacqueline Riveros (@j.riverosph)

El 11 de septiembre de 2019 nos reunimos con Diego Lorenzini a las faldas del Cerro Santa Lucía y el Parque Forestal para conversar de su disco más reciente “De algo hay que morir”, publicado en agosto del mismo año. El álbum fue un éxito rotundo. Fue estrenado oficialmente en el teatro del M100 en diciembre y en 2020 obtuvo dos galardones de los Premios Pulsar en las categorías de “Mejor arte de un disco” y “Mejor Cantautor”.

La entrevista que se le realizó a Diego Lorenzini en 2019 fue publicada en la sección Track X Track y en ella, el cantante profundizó en el significado detrás de los diecisiete temas que forman parte del álbum. Luego del estallido social y de cara al plebiscito de una Nueva Constitución quisimos rescatar parte de esta entrevista para poder exponer una reflexión que hoy puede hacer sentido y que lamentablemente no se abordó de forma completa en 2019, para no convertir el artículo inicial en algo eterno.

Una de las canciones que más se destacaron al interior del disco “De algo hay que morir” fue “Mierda”, tema que interpreta junto a Chini.png. Al ser consultado, Diego Lorenzini explicó el significado detrás del tema y allí dijo más cosas de las que publicamos en esa ocasión. Por esta razón, hoy liberamos parte de esta entrevista.

Hablemos sobre “Mierda”

Esta canción al igual que “Plan maestro”, aborda un lado negativo de personas o de un contexto, pero las aborda desde el punto de vista del enemigo o del “lado incorrecto”. Trata de empatizar con el personaje más impopular y sus motivaciones. Por ejemplo, “Plan maestro” empatiza con el amor de alguien que es capaz de hacer lo peor por ese amor. En este caso, empatiza con la impotencia que siente quien quiere literalmente cagarle la vida a otra persona a través de comentarios malintencionados. No habla de un amor no correspondido o al menos no en un sentido tradicional. Habla desde la visión del troll de Internet y no necesariamente tuve que inventarme la sensación y perspectiva de cómo debe ser un troll, ya la motivación de quien llega y te putea en comentarios de un video o en tus perfiles no la siento tan lejana después de todo…

Yo no soy una persona que comente mucho en Internet. No me gusta poner cosas malas. No lo hago porque ni siquiera comento cosas buenas. Como que no soy muy bueno para comentar, me da un poco de “mono” y tanta exposición en redes me provoca ansiedad.  De todos modos debo reconocer que en muchos momentos me he sentido tentado a decir o escribir: “esto está mal, esto es una mierda, tú eres una mierda“. Siento que hoy no es extraño sentirse con el derecho de ser destructivo, emocional y coprolálico a la hora de denigrar a alguien que te provoca rabia y combinado con el supuesto anonimato de las redes sociales es un cóctel macabro.

En ese sentido, claro. La canción habla de este personaje. Desde el punto de vista de alguien que no se siente tan mal, pero todo lo que le rodea le refriega en la cara que no es tan feliz como podría serlo al enfrentarse día y noche a la televisión, publicidad y las redes sociales donde ve que todo el mundo siempre lo está pasando mejor. Que su obligación, que la exigencia de todo lo que lo rodea es ser mejor de lo que es. Que tiene que ser más atractivo, inteligente, exitoso, más creativo y eso genera mucha ansiedad. La presión por ser mejor de lo que es uno genera mucha frustración, y a veces cuando uno ve algo que efectivamente es más exitoso, atractivo o interesante que uno, pero no te gusta por alguna razón objetiva o arbitraria, la tentación de hacerlo mierda para vomitar esa frustración acumulada es muy grande.

Y de hecho la canción tiene una cita que es algo oscura… La segunda estrofa habla metafóricamente de algo que también forma parte del odio en Internet, que es el efecto de “doble filo” que tiene denostar superficialmente algo. Linchar algo públicamente que es lo siguiente: Cuando uno habla mal de algo y uno le tira mierda a algo, ese algo que uno está tratando de enterrar bajo mierda, en realidad la mierda lo abona, surge y se ve más. Es por eso que, hoy por hoy, no es raro ver como en la publicidad te hacen creer que lo más cool es tener haters.

En un momento lo importante era tener likes, tener seguidores, pero en un momento comenzó la moda de: “Si te odian es por envidia” o mejor dicho: “si consigues haters, entonces eres importante”. Es perverso, pero no deja de tener sentido. La gente que odia por odiar le hace un gran favor a quien odia, y el odio injustificado es un odio que empodera a quienes son odiados gratuitamente. Cuando uno tiene argumentos, cuando uno discrepa con alguien en una discusión, sea pública o privada, se ponen ideas a dialogar. Pero lamentablemente, hoy el odio vende mucho más que el amor, y definitivamente mucho más que la reflexión, el sentido crítico o la empatía.

Cuando uno niega la visión del otro (por muy nefasto que este otro sea), cuando uno lincha algo pública o privadamente sin escuchar lo que la otra persona tiene que decir, lo único que hace es separar aún más la posible comprensión entre esas dos partes. Pero sobre todo corre el peligro de enaltecer la figura de algo que puede ser muy negativo, que por el solo hecho de tú haber dicho algo muy absurdo sin argumentos sobre esa persona infame, esa persona lo puede usar a su favor. Es lo que pasa con José Antonio Kast hoy. Como muchos, es un provocador que maneja muy bien esas artes oscuras, cosa que cuando logra que lo linchen con odio y nada más que odio, se muestra campante como un supuesto “Mártir de la libertad de expresión”.

Por ejemplo, en una manera muy metafórica, me parece muy reveladora la lectura simbólica de algo muy horrible, pero que no deja de ser una anécdota significativa que me contó Eugenio Dittborn y que yo cito en la segunda estrofa de “Mierda“. Cuando murió Pinochet, la gente que sorprendentemente aún lo idolatraba hizo cola para ver el ataúd y presentar sus condolencias. Este tenía un vidrio en donde se veía la cara del cadáver de Pinochet. Me imagino que todos más o menos recordamos cómo se veía cuando murió. El hecho es que muchísimos de sus seguidores fueron a besar esa última imagen del dictador en su lecho de muerte.

Es triste pensarlo, pero fue mucha, mucha, muchísima gente a besarlo. Y claro, lo que besaban era el vidrio y, químicamente hablando, el cariño que le dio toda esa gente era un cariño lleno de grasa, literalmente. Los labios de esas personas tenían lápiz labial, transpiración, baba. ¡Imagínate como estaba ese vidrio después de todos esos besos! Empañado, borroso, asqueroso. Luego de unas horas era imposible ver la imagen del cuerpo de Pinochet detrás del cristal.

Yo diría más “tragi” que “cómico”, pero sin lugar a dudas muy significativo como fábula o parábola contemporánea. Justo en ese momento vino la polémica venganza que hizo Francisco Cuadrado Prats, el nieto del ex general Carlos Prats, quien fue antecesor de Pinochet como comandante en jefe del ejército, y que corrió una suerte similar a la del ex general René Schneider (ambos asesinados). En el funeral de Pinochet, Cuadrado Prats hizo la cola durante más de cinco horas, imagínate, cinco horas esperando rodeado de fanáticos del dictador que mató a su abuelo, tan solo con el afán de escupir frente a todos la imagen de Pinochet que a esas alturas no se veía bajo todo ese menjunje de rouge, sudor y grasa.

“Como un escupo limpio toda esa grasa acumulada por cariño en tu ataúd”

La saliva tiene un componente que es astringente muy poderoso porque cuando uno come, uno diluye grasas en la boca. Sin ir más lejos, de allí vendría la incómoda pero efectiva costumbre de aquellos padres que limpian dulcemente las mejillas de sus hijos con saliva. En el caso del escupo del nieto del General Prats, esta poderosa cualidad desengrasante presente en su saliva jugó un papel un poco menos tierno. El odio que ejerció Francisco Cuadrado sobre la imagen de Pinochet es lo que lo hizo aparecer nuevamente, ya que mientras los militares lo sacaban del lugar, otros feligreses limpiaron el escupo del cristal, el cual irónicamente desengrasó la suciedad del vidrio, y la imagen de Pinochet volvió a aparecer más nítida y poderosa que nunca en toda esa jornada.

No subestimo la valentía de Cuadrado, ni desestimo el heroísmo simbólico de su gesto al escupir el ataúd frente toda esa gente, pero en términos metafóricos lo que pasó como una suerte de ‘doble filo’ en su intención de venganza, fue que el escupo de quien odiaba a Pinochet realzó más su imagen que el cariño de sus fanáticos. Todo ese menjunje grasoso y absurdo fue desengrasado con el escupo, y la imagen de Pinochet resurgió del pantano de sus seguidores. Y no solo a través del vidrio, también a través de los medios que hicieron eco de esta salida de protocolo de la manera más conveniente para el interés de una prensa profundamente conservadora.

Esta es una metáfora perversa muy relevante y contingente hoy en día sobre el odio sin argumentos a personas que pertenecen a la ultraderecha, que son odiables y que existen muchísimas razones para odiarlos, pero cuando la oposición a eso empieza a ser igualmente absurda, igualmente superficial, lo único que hace es darle prensa, visibilidad, likes. Darle importancia en los medios. Mal que mal los algoritmos aman el odio.

Lamentablemente Francisco Cuadrado Prats no tuvo la oportunidad de exponer los argumentos de por qué escupió a Pinochet, ya que en cuanto lo escupió lo sacaron del lugar a la fuerza. Tampoco era necesario que expusiera sus argumentos, estaban claras cuáles eran sus intenciones provocadas por el dolor del asesinato de su abuelo, pero no deja de ser revelador metafóricamente leer esta acción a través del punto de vista desde el cual su acción solo tocó la superficie, y por lo mismo finalmente solo contribuyó a ennoblecer visualmente el sucio semblante de su peor enemigo.

Las figuras que defienden lo peor de lo peor comienzan a ser populares precisamente porque hay gente que se siente obligada a odiar sin diálogo posible, sin hacer el esfuerzo por escuchar a nadie ni presentar argumentos. Simplemente sienten el deber de descalificar diciendo “esto es una mierda, todo el mundo es una mierda si no piensa o suena como yo” y eso puede provocar que la persona más de mierda se beneficie más que nadie de toda esa mierda, y termine tirándonos toda su mierda encima.

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