Traslación: Menguante, la escena la hacemos todos

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Sebastián Núñez Pizarro

La experiencia de la música va más allá de lo que escuchamos. Mi primer acercamiento a la música fue con Los Prisioneros, en cassettes y discos de mi papá. También recuerdo la helada mañana de montaña en que uno de mis mejores amigos me mostró la obra de Joy Division. Igual están esas playlist de enamorados que tuve en común con mi primer amor. Escuchar canciones es más que solo prestar atención a la métrica de los tiempos, la composición de las melodías o la poética de las letras: en cada track vive un momento, una persona; una comunión entre nosotros y todo por medio de una pieza sonora.

No fui a Traslación: Menguante a solo escuchar música. Había en esa tocata destellos de algo más, una vocación por la música y el trabajo bien hecho. Eso vi en Claudia, la organizadora y líder de Estudio Lunar, una mujer entusiasta y vivaz que me contaba con orgullo que en 2017, y de la mano de familia y amigos; había levantado la primera edición del evento. Esa tarde, en un escenario de madera que desafiaba la quebrada del patio de una antigua casa de Playa Ancha, se sucederían las bandas protagonistas de la segunda edición.

Era temprano aún y Peces Australes comenzaba a probar sonido. Aún no sabía nada del almuerzo al que cariñosamente Claudia me había invitado, antes del show, así que aproveché de hablar con las bandas. Bajo el arbolado patio hablé con Calcetines Rayados, oriundos Villa Alemana, en el Marga Marga. Los chicos se mostraron confortados por el espacio de la tocata, “es como estar el la casa de la abuela”; comentaban mientras reían. También señalaron que instancias como estas ayudan a enriquecer los espacios donde tocan las bandas, donde se puede compartir con otro público que no puede verlos en bares.

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Martina Lluvias comentaba lo mismo, sentada en un viejo sillón, coronado por la frondosa copa de un árbol; no obstante, iba un poco más allá. Explica que es un evento de cultura para todos, en que no solo cambia el patio de la casa, sino toda la comunidad; “imagínate lo bacán que debe ser salir a colgar la ropa y que abajo, en el patio de tus vecinos, hayan bandas tocando”. Parece que la interacción es algo primordial para los artistas, o por lo menos es lo que Squafandra hacen notar al sentenciar que “es excelente que comparta gente que está en la misma, en un entorno diferente y autogestionado”. Para ellos, iniciativas como Traslación: Menguante vienen a reanimar la escena porteña, reducida a unos pocas bares con una poco diversa oferta musical.

Para los quillotanos Kúpula, esa idea de romper el paradigma de la tocata de bar resulta agradable y valiosa. Mientras pintan sus caras para su presentación, sentados en una mesa de madera que mira al mar, al final del patio; me cuentan lo felices que los hace salir del contexto del bar, “esto es más compartir, es más familiar”. También, para ellos resulta conveniente el horario de la tocata, lo que les permite compartir más antes de regresar a Quillota.

Me quedé un rato mirando la prueba de sonido cuando apareció Claudia otra vez. Me contó que estaban atrasados con el almuerzo para las bandas, así que urgía ayuda en la cocina. “Yo puedo cocinar”, le dije. En un instante, estaba ayudando en la preparación de una olla enorme de fideos con salsa. Cada vez que servía un plato de fideos a los músicos, todos agradecían sonrientes y regresaban con el plato vacío, comentando lo rico que estaba. En cada plato noté un cariño, un amor por lo que esa tarde se estaba desarrollando. Un verdadero tesoro guardado en una organización que valora y respeta el trabajo de las bandas.

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Me quedó rondando un comentario de los Kúpula:“acá se prefiere la música por sobre la rentabilidad”. Y vaya que tenían razón. A medida que se llenaba el patio de asistentes y comenzaban a sonar las bandas, le daba vueltas a esa idea. Para Colectivo Lunar, generar escenarios es una necesidad, algo que debe producirse a como dé lugar; puesto que el centro de todo son las bandas y su obra.

Mientras comenzaba a tocar Fomentol, Claudia me presenta a un anciano delgado, canoso y de bigote. “Él es David Mac Iver, de Los Mac’s”, me dice. En ese momento no cupe en la impresión de conocer a tamaña leyenda del rock chileno, me pareció una hermosa casualidad que mientras grupos de jóvenes, dan a conocer su música; viniera uno de los estandartes de la música nacional al evento. Estuvimos largo rato hablando sobre el mercado musical y las iniciativas como Traslación: Menguante. Don David explicaba: “Tras las radios hay una maquinaria corporativa enorme, donde suena la misma música siempre. Es bueno que hayan eventos como estos, para que los jóvenes muestren sus composiciones.” Me alegró escuchar palabras así de alguien como David Mac Iver; porque demuestra que la confianza en el curso de la música nacional más allá de lo tradicional no es cuestión de edades. Y al final, es la fuerza de una escena unida la que mantiene circulando las propuestas musicales.

Ya iba siendo hora de irme, el viaje de dos horas a mi casa no se podía retrasar más, aunque me hubiese encantado quedarme hasta el final. Mientras bajaba del cerro, pensaba en todas las experiencias del día, en todas las personas con que hablé. Me sentí feliz de participar, desde este humilde nicho de periodista amateur, de todo eso que se congregaba en el patio de esa casa, de esa vorágine de gente, guitarras y risas. Traslación: Menguante fue más que ir a escuchar música. Fue charlar, colaborar, compartir los nervios de que saliera todo bien. La escena la armamos todos: medios, bandas, organizadores, público; todos le damos vida a algo que solamente existe cuando nuestras almas entran en comunión con la música.

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*Fotografías gentileza de Sebastián Nuñez Pizarro

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(Estudiante de historia)

Shoegaze y Evangelion: todo lo que necesito para vivir (o morir... lento).