Daniel Johnston: hacer del cotidiano un anti-pop

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Místico, lector de cómics y enamoradizo. En fin, un desplazado, un miembro de del “Club de Los Perdedores” de It, Peter Parker siendo golpeado en la escuela. Daniel Johnston emanaba una personalidad profundamente confusa y vulnerable, pero a la vez, sumamente catalizadora y creativa.

Mientras la década de los ochentas bailaba entre las cenizas de la música disco y los nuevos ídolos pop; mientras MTV saturaba su programación con vacío glam metal, Daniel grababa en cassette, acompañado de su piano y su guitarra y todo aquello que lo atormentaba y lo ilusionaba: por un lado, el demonio; por otro, Gasparín y el amor esquivo e ideal por Laurie Allen. Su vida está bañada en un halo de ternura y tragedia.

Su personalidad introvertida y sus problemas psiquiátricos lo hicieron un outsider durante 10 años. Vendiendo sus cassettes (cuyas portadas el diseñaba) desde el anonimato logra llegar grabar de manera profesional, además de relacionarse con los grandes nombres de la cultura alternativa. Allí, en la figura de Daniel todos encontraron una alma común, un reflejo de sí mismos: creativos pero rechazados.

Johnston representa el cotidiano anti pop. Lejos de las luces, las horas de ensayos y los conciertos multitudinarios hay una comunidad de artistas tan comunes que podrían ser tus compañeros de colegio o tus vecinos. Es la otra cara de los ochentas, aquella en “baja definición” y hecha de manera artesanal. La producción de música desde la casa no es solo una elección técnica, es una declaración de principios; aquello que necesita una generación de músicos no comerciales para ir hacia adelante.

A diferencia de otros músicos, Johnston no buscó esta fama, no quería ser líder ni mesías de nada. Desde ese punto de vista, es el más auténtico de los alternativos. De frente se encontró con el enorme y grotesco mundo del espectáculo. Si bien, músicos como Kurt Cobain y bandas como Sonic Youth y Yo La Tengo le presentaban su admiración y respeto, no tardó en saturarlo el asedio de oportunistas de la industria que veían en el un freak, no un alma sensible.

Sus ganas de hacer, la intención de abrir su corazón; eran esas las ilusiones de Daniel, sus sueños de niño grande, de un Peter “Punk” que no bajo los brazos frente al Capitán Garfio. Ni un trágico accidente aéreo, ni sus ataques psicóticos, ni el miedo a los demonios ni todos los millones de dólares de la industria pudieron con él. Finalmente, lo traicionó su propio cuerpo, su corazón. El mismo corazón que vertió en susurros, chillidos y caóticos pianos.

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