Confessions II de Madonna: una secuela que encuentra su propia identidad

Corría 2005 y Madonna atravesaba uno de los momentos más complejos de su carrera. American Life había supuesto un traspié comercial para los estándares de la Reina del Pop: un álbum de protesta con críticas al consumismo, al elitismo de Hollywood y al clima político de un Estados Unidos liderado por Bush. En ese trabajo también aprendió a tocar guitarra e incursionó en la folktrónica, una apuesta artística que desconcertó a parte de sus seguidores, alimentó las críticas de sus detractores y abrió interrogantes sobre su futuro en una industria especialmente dura con las mujeres que superaban los 40 años.

Fue entonces cuando Madonna dio un giro de 180 grados. Junto al entonces poco conocido Stuart Price creó uno de los regresos más celebrados de la historia del pop: Confessions on a Dance Floor.

Con una cabellera pelirroja y un look que evocaba a ABBA —referencia inmortalizada en el primer sencillo, “Hung Up”, construido sobre el inolvidable sample de “Gimme! Gimme! Gimme! (A Man After Midnight)”Madonna renació. El álbum fue un éxito inmediato, vendió millones de copias y su gira promocional terminó convirtiéndose en una de las más exitosas de la historia.

Veintiún años después, tras una serie de reveses comerciales y lanzamientos que tanto la crítica como buena parte de sus seguidores consideran entre los menos inspirados de su extenso catálogo, Madonna decidió volver a confesarse en la pista de baile. El riesgo era enorme: bautizar este proyecto como Confessions II, una continuación de lo que muchos consideran su último gran clásico. Las expectativas eran altísimas y la posibilidad de no estar a la altura parecía incluso más probable que el éxito.

Durante dos años volvió a encerrarse en el estudio junto a Stuart Price con la intención de recuperar la magia del álbum original. Sin embargo, en lugar de repetir la fórmula, ambos terminaron construyendo un universo completamente nuevo, con identidad propia y suficiente personalidad como para haber merecido otro título. Aun así, es fácil entender por qué decidieron llamarlo Confessions II: el peso simbólico del nombre y el inevitable hype que genera.

“A veces me gusta simplemente esconderme entre las sombras, crear una nueva personalidad, una identidad diferente. Puedo ser quien quiera ser. Sinceramente, desearía poder ser como las demás personas y simplemente no preocuparme. Pero aquí, en la pista de baile, me siento tan libre”.

Con ese manifiesto Madonna inaugura tanto la nueva era como el álbum. “I Feel So Free” también sirve para presentar su portada: ella sentada sobre un parlante, cubierta por un velo violeta, una imagen que complementa perfectamente el espíritu escapista de la canción.

“I Feel So Free” es un tema mayoritariamente hablado que va creciendo de forma gradual mientras coquetea con pulsaciones similares a “I Feel Love”, de Donna Summer, canción que Madonna ya había sampleado en Confessions on a Dance Floor a través de “Future Lovers”.

De hecho, la cantante, ya con 67 años, deja múltiples guiños a distintas etapas de su carrera. “One Step Away” parece extraída directamente de su magnum opus, Ray of Light, con una pulsación que recupera lo mejor del house de los noventa. Por su parte, “Read My Lips”, en colaboración con el colombiano Feid, abre con una guitarra de tintes españoles que inevitablemente recuerda a “Don’t Tell Me”.

El sencillo principal, “Bring Your Love”, junto a Sabrina Carpenter, hace eco de “Express Yourself” sobre una melodía house irresistible, mientras que “Danceteria” recupera en su coro tintes de “Everybody”, aunque llevado a una escala mucho más explosiva. El guiño cobra aún más sentido si se considera que Madonna comenzó su carrera en el desaparecido club neoyorquino del mismo nombre, donde interpretó por primera vez el que sería su primer gran éxito. Es, además, uno de los momentos más altos del álbum.

Pero Confessions II no es solamente una pista de baile para escapar, liberarse y celebrar el amor. Hacia el tramo final las luces comienzan a apagarse y emerge una faceta mucho más espiritual, marcada por claras influencias del trip hop. Ahí aparece “Fragile”, una de las composiciones más conmovedoras del disco, dedicada a su hermano Christopher, con quien logró reconciliarse tras años de distanciamiento antes de que falleciera. Luego, en “The Test”, invita a su hija Lourdes a cantar junto a ella en una pieza que evoca lo mejor del indie pop de los noventa.

El cierre llega con “L.E.S. Girl”, una delicada balada construida principalmente sobre una guitarra acústica, donde Madonna recuerda los años previos a convertirse en la Reina del Pop merodeando en Nueva York enamorada de un misterioso hombre. Sorprendentemente, el tema también deja entrever una influencia que remite al sonido de Stereolab.

Confessions II es un álbum redondo que marca el regreso más sólido de Madonna en años. No solo porque pone fin a un silencio discográfico de siete años, sino porque la encuentra nuevamente creando desde la curiosidad y no desde la necesidad de demostrar vigencia. En lugar de perseguir tendencias, las absorbe, las transforma y las hace sonar inconfundiblemente suyas. A estas alturas de su carrera, cuando parecía haber contado todas sus historias, vuelve a recordar que la pista de baile también puede ser un lugar para la introspección. Sobre todo cuando las luces se apagan, el sol comienza a salir y llega el momento de regresar a casa.

Con más de cuatro décadas de carrera, Madonna entrega en 2026 uno de los trabajos más inspirados de toda su discografía. Quizás no alcance el impacto cultural de Confessions on a Dance Floor, pero tampoco lo necesita: Confessions II encuentra su identidad sin vivir de la nostalgia y confirma que, incluso después de reinventarse innumerables veces, la Reina del Pop todavía sabe cómo sorprender.

 

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