Fotos por @cabroamurrao
Esta reseña fue escrita la misma noche del Pervervision Fest, apenas llegué a mi casa. Se escribió desde un momento muy específico. Estábamos ad portas de una elección presidencial decisiva y todas las bandas que pasaron por el escenario eligieron pronunciarse, en coherencia con su oficio, con su vida y con la música que hacen. Escribí desde la esperanza y desde la felicidad que provoca constatar que existen espacios culturales que son seguros, profesionales y se sienten propios. Espacios que no son prestados ni circunstanciales. Son nuestros.
Hoy, después de las elecciones, vuelvo a leer lo escrito y la emoción es otra. Hay tristeza y dolor, pero también hay memoria. Porque la cultura en Chile casi nunca ha sido cómoda. Ha existido históricamente desde la resistencia, desde la independencia, desde la comunidad. Empujada por músicos, por públicos, por medios y por trabajadores culturales que han entendido siempre que hacer arte acá implica insistir, organizarse y sostenerse incluso cuando el escenario es adverso.
Es probable que lo que viene sea más difícil. Que la cultura se vea desfavorecida en su financiamiento, en su difusión, en su lugar dentro de las prioridades institucionales. Duele, porque cuesta. Porque nada ha sido regalado nunca. Pero también porque ya hemos estado ahí antes. Hemos resistido y hemos seguido. La cultura ha sido una trinchera, una que la dictadura intentó arrebatarnos y que ha costado décadas recuperar. No lo digo al voleo. El nuevo Gobierno reivindica ese pasado, avala al dictador, celebra la censura y premia lo inhumano.
Por eso es momento de acompañarnos. De reconocer lo que se ha hecho bien para seguir en la misma dirección, aunque ahora cueste más. De seguir encontrándonos incluso si el gobierno o las instituciones intentan fragmentarnos. De estar atentos si estos espacios se cortan, si se achican, si desaparecen. Atentos si se nos encierra, si se nos separa, si se nos pide silencio. Porque la música y la cultura siempre han sido una forma de resistencia. Una forma de decir que seguimos acá.
No sé si todo esto tenga que ver exactamente con cómo cada persona vivió Pervervision Fest. Pero no puedo escribir solo del setlist o del sonido. Nadie en el Coliseo estaba fuera del contexto. Esa noche, nadie eligió callar. Hoy, mucho menos.

Llegué al Teatro Coliseo con cierta celeridad, convencido de que iba tarde. Al cruzar la Alameda, una fila kilométrica serpenteaba hacia la entrada. El festival se había atrasado. Bien por mí y los impuntuales. Ese atraso de rigor —casi un gesto heredado— nos recuerda que, por más profesionalización que exista, hay cosas que no se quitan. Las tocatas “alternativas” rara vez parten a la hora. Esta no fue la excepción.
Entré y me detuve a mirar a la gente ingresar. Como una fanaticada de fútbol, cada quien lucía su mejor camiseta, la mayoría estampadas con el logo de Estoy Bien, en distintos tamaños y colores.
A las 16:30 en punto, Estoy Bien se tomó el escenario. La difícil misión de abrir no pareció pesarles. “Lo Difícil se Hizo Largo” dio el vamos y, desde ahí, no escatimaron en nada. Le siguieron “Ahora”, “El Sonido de las Campanas” y “Frente a Frente”, ejecutadas con una precisión que confirma por qué el trío es una de las propuestas más reconocibles del nuevo circuito alternativo nacional. Benje fue el primero en pronunciarse y hacer el llamado a votar por Jeannette Jara, y no permitir el avance del fascismo en Chile.
Entre pequeños problemas técnicos con el strap de la guitarra, Benje, Mati y Pino demostraron oficio y temple. Nada sobraba. Incluso hubo espacio para adelantar material nuevo: entre ellos, “El Vacío”, un temazo que fue recibido como tal. Los primeros mosh pit no tardaron en aparecer y el público, joven y eufórico, liberó energía desde el comienzo entre saltos y empujones.

Luego fue el turno de Hesse Kassel, cerrando un año impresionante en un Coliseo repleto. Sin muchas palabras, proyectaron una imagen de Jara. “Creo que está claro por quién hay que votar”, soltó Renatto.
Abrieron con “Sancho Plagio” y avanzaron con canciones de La Brea (2025), disco que los ha posicionado a nivel internacional. Sonó “Postparto”, elevando considerablemente los decibeles. En medio del ímpetu, a Mauro se le rompió una cuerda. Rock en estado puro. La clásica strato customizada de Benje apareció para salvar la situación mientras se hacía el cambio. Hesse Kassel confirmó lo que ya se sabe: son una banda virtuosísima, con energía, aura y un equilibrio entre pasajes instrumentales contemplativos y estallidos ruidosos que mantienen al público en tensión constante.

Candelabro subió al escenario con “Dedo Chico”, de Ahora o Nunca, y desde ahí desplegó buena parte de Deseo, Carne y Voluntad (2025). Sonaron “Domingo de Ramos”, “Tumba” y “Tierra Maldita”, confirmando algo evidente: fueron, a mi parecer, la banda mejor balanceada de toda la jornada.
El Coliseo es conocido por sus problemas acústicos —retumba, se empasta—, y aun así todas las bandas lograron sonar bien. Pero Candelabro se escuchó especialmente claro: cada instrumento en su lugar, ruido cuando debía ser ruido, precisión sin perder fuerza.
El momento peak llegó con “Pecado”. Una canción cargada de energía, dinámica y un contenido político potente. Matías logró encapsular el contexto que vivimos y, desde ahí, hizo un llamado explícito a “votar contra el fascismo, el individualismo y el olvido”, apostando por la esperanza y la memoria colectiva.
Ahí apareció una reflexión inevitable: no es solo música. Es contexto, es voz, son masas, es reconocerse en el otro a través del arte. En un momento político global marcado por el avance de la extrema derecha, resulta vital que artistas —de ayer y de hoy— se pronuncien. La música libera lo que ciertos discursos buscan encerrar: pensamiento crítico, comunidad, encuentro. Callar también es una postura, y aquí nadie optó por ella.

Con Chini.png se produjo un recambio evidente en el público. Parte de la juventud más temprana abandonó el recinto y quedaron los viejos cracks —o no tan viejos—, los que resistimos hasta el final. Aun así, la energía se mantuvo alta. Chini y Juan Desordenado, hicieron guiños y llamaron a votar por Jara. Apelaron a la memoria, y a la comunidad.
“Plan C” abrió el set, seguido por “Laurel” y “Venenos”, de El día libre de Polux (2023), además de canciones de su más reciente trabajo Vía Orozco (2025), como “Ciencia”, “Lava” y “Tímida”. La puesta en escena, la teatralidad, la buena onda y la ejecución impecable hicieron que todos corearan y saltaran. Fue aquí donde ocurrió el primer y único crowdsurfing de la noche. El cierre, cargado de teatralidad, dejó el escenario preparado para el acto final.
“El karate es una cosa de espíritu” comenzó a resonar en el Coliseo y la cancha se transformó en pista de baile y mosh incesante. Como hace dos años, en el mismo lugar, Pánico apareció afilada y en pleno control de su lenguaje. La ejecución fue magistral. Se notan los años en el ruedo, el oficio acumulado y esa naturalidad que solo tienen las bandas que han tocado mucho, en muchos lugares y frente a públicos diversos. No es casualidad que Pánico! sea un emblema de la música alternativa chilena y también fuera del país.
Sonaron “Las cosas van más lento”, “Algodón”, “Bright Lights”, “Lupita”, “Telephone Dilemma”, “Qué pasa wey” y “Transpíralo”, con un pulso que no cedió en ningún momento. Edi Pistolas, eufórico, dirigía al público sin descanso y, a pesar de las cuatro bandas anteriores, la energía no decayó. Edi Pistolas tampoco calló. Llamó a reconocernos, a mirarnos y desde ahí entender quién es la candidata.
Pervervisión Fest fue, ante todo, el disfrute de lo mejor de ayer y de hoy de nuestra música, de lo alternativo, de eso que muchas veces queda al margen por las fluctuaciones del mercado y la moda. Pero aquí, en Chile, algo parece haberse afirmado en el último tiempo. Hemos sabido darle valor y espacio a proyectos como Estoy Bien, Hesse Kassel, Candelabro y Chini.png, al punto de lograr colmar una plaza que no es fácil y sostenerla durante horas. La sinergia funcionó porque hubo algo más que canciones, hubo reconocimiento y gusto por lo propio.